Por qué España se alinea con Palestina y no con Israel
¿Por qué un país que se presenta como occidental y europeo acaba casi siempre en la acera opuesta a Israel? La pregunta abre la discusión y la respuesta que más se repite no es diplomática, sino cultural. Se sostiene que España tiene la
ventana de Overton desplazada a la izquierda: un marco mental que, vote quien vote el ciudadano, lo empuja a colocarse junto al que percibe como débil. De ahí saldría casi todo lo demás.
Conviene desconfiar de la premisa. Dar por hecho que la sociedad española en bloque es pro-palestina es un salto: hay quien distingue entre una minoría movilizada y una mayoría que, simplemente, no sabría ubicar Palestina en un mapa.
El relato de oprimidos y opresores que lo explica todo
La lectura más repetida es ideológica. Se argumenta que una parte de la izquierda traslada a cualquier conflicto un esquema binario heredado del marxismo, donde siempre hay un opresor y un oprimido, y que ese esquema se ha ido reciclando: del concepto de clase al feminismo, al animalismo, al indigenismo y, ahora, al eje palestino-israelí. El palestino ocupa el lugar del harapiento que tira piedras; el israelí, el de la sociedad organizada y rica.
La segunda pata de esa tesis es la batalla cultural. Se afirma que la izquierda ganó el relato hace décadas y que el votante medio, aun sin militar en nada, piensa con categorías prestadas de ese marco. Quien lo sostiene lo resume con una etiqueta doméstica: España funcionaría con un
estado mental socialdemócrata. El corolario es incómodo: el apoyo a Palestina no dependería del análisis del conflicto, sino de la posición previa de quien mira.
La objeción llega rápido. Hay quien responde que eso convierte cualquier reacción humanitaria en sospechosa y que el criterio no es ideológico, sino el número de víctimas civiles. Las dos explicaciones conviven sin resolverse en ningún momento.
¿Por qué la derecha liberal tiene tanta querencia por Israel?
La pregunta se lanza en espejo y descoloca. Se sostiene que una parte del liberalismo español es más sionista que los propios promotores del sionismo, y se recuerda que el mapa de simpatías no siempre fue este: hace décadas, el rechazo a Israel y a los judíos estaba en la derecha, y quien se iba de año sabático a un kibutz era el rojo de manual.
Hay incluso una rareza histórica local que se trae a colación: la tradición falangista ha sido hostil al Estado hebreo y, en su versión más reciente, ha llegado a cortejar a Teherán. Se difundió una fotografía en la que unas juventudes falangistas entregaban al embajador de Irán un cuadro con un lema de apoyo al país persa. Como anécdota, retrata bien el lío de bandos: en España puede acabar siendo más antiisraelí el heredero del falangismo que el votante de izquierdas desencantado.
1947, el reparto y el argumento histórico que no se cierra
El origen del Estado de Israel se discute con cierto detalle. Se recuerda que el territorio venía de siglos bajo imperio otomano y después como protectorado británico, que los británicos dijeron basta tras la Segunda Guerra Mundial y que fue la ONU la que repartió el territorio por mayorías. Se añade un dato de escala que suele olvidarse: Jordania, con el doble de superficie, también era considerada Palestina.
La defensa israelí se apoya en otra lectura. Los judíos que llegaron no habrían sido colonos, sino refugiados que habían perdido todo y regresaban a una tierra de la que habían sido expulsados en repetidas ocasiones a lo largo de la historia. Se subraya además que Israel mantiene en torno a un 20% de población musulmana con ciudadanía plena, con partidos propios y presencia en el ejército.
Del otro lado aparece una tesis genealógica, sostenida en algunas intervenciones y que la historiografía mayoritaria no respalda: que buena parte de la ascendencia israelí sería de conversos centroeuropeos del siglo VII y no de descendientes de los antiguos habitantes de la zona.
Las cifras del último año: 9.000 cohetes y 50 muertos israelíes
El tramo más áspero es el de los datos. Se cifra en 9.000 los cohetes lanzados por Hezbolá contra Israel en un año. Las defensas antiaéreas interceptan la mayoría, no todos: 50 israelíes murieron por esos ataques, entre ellos una decena de niños que jugaban al fútbol. Frente a eso, se responde que bombardear hospitales, cooperantes de organizaciones internacionales o convoyes de alimentos no se justifica por no dejarse matar.
El argumento de los escudos humanos se usa en las dos direcciones y nadie cede. Si alguien dispara contra mí y se esconde detrás de su familia, razona una parte, la responsabilidad del daño recae en quien usa a los suyos como cobertura. La otra parte contesta que ese razonamiento convierte cualquier matanza en inevitable y que los rehenes siguen apareciendo en casas particulares y en campos de refugiados.
El Sáhara como prueba de coherencia
En medio del fuego cruzado asoma una comparación incómoda para el Gobierno y su electorado: el Sáhara. Se sostiene que la solidaridad con el pueblo saharaui se desinfló cuando el Ejecutivo cambió su posición sobre el territorio, y que las voces que antes llenaban manifestaciones dejaron de aparecer. La conclusión que se extrae es menos sobre Palestina que sobre el método: la causa se activa o se apaga según convenga al relato.
También se apunta al interés estratégico. Hay quien lee el activismo árabe del Gobierno como pieza de una política globalista: presionar al Estado hebreo para que siga agitando el avispero de Oriente Medio. Y hay quien zanja que España, sencillamente, se posiciona siempre contra quien puede hacerle más daño.
Con estos mimbres, la única certeza que resiste el recuento es que nadie ha cambiado de bando en toda la discusión. La ventana seguirá tan a la izquierda, el mapa seguirá sin cuadrar y el país seguirá teniendo una opinión firmísima sobre un sitio que la mitad no sabría señalar.