La culpa no es del ojo. Los conos y bastones no se desgastan así como así a lo largo de una vida normal. La explicación más sólida para esa pérdida de intensidad cromática es otra: el cerebro ha aprendido a resumir.
El cerebro no filma, archiva
De niños, el sistema visual está en fase de calibración. El cerebro prioriza la novedad y la intensidad para construir los mapas del mundo; por eso los colores parecen más saturados. Con los años, se vuelve eficiente: filtra información redundante para ahorrar energía. Lo que ves no es peor, es un resumen ejecutivo. La primera visita a la Capilla Sixtina es un bombardeo de datos sin procesar; la segunda, el cerebro ya tiene el archivo .zip de la experiencia y solo descomprime lo justo.
El ojo también envejece, aunque sin drama
La presbicia tiene que ver con el cristalino, que se endurece y amarillea, y la capacidad de ver en la oscuridad se reduce con la exposición acumulada a la radiación UV. Son cambios ópticos, no neurológicos, y explican que la penumbra de la infancia fuera más habitable.
La nostalgia tiene su propia luz
Hay quien sostiene que la iluminación LED, más fría y cegadora, ha robado calidez a las noches. Es una hipótesis ambiental, difícil de separar de la memoria y de la propia biografía. La cuestión de fondo sigue abierta: ¿el mundo ha perdido color, o simplemente hemos aprendido a no mirarlo? Quizá la infancia sea, sencillamente, la última vez que el cerebro se permitió no ahorrar.