Santander tenía el banco y el puerto; Bilbao tenía el hierro
En 1850 Santander era una potencia mercantil que superaba a Bilbao con mucho. Cincuenta años después, la villa vizcaína la había dejado atrás sin mirar por el retrovisor. La explicación que más se repite en cualquier conversación sobre el Cantábrico es una sola palabra:
hierro. Las minas de la ría alimentaron una siderurgia que convirtió a Bilbao en el primer núcleo industrial de España, mientras Santander seguía viviendo de embarcar la lana y la harina de Castilla hacia América. El mineral vizcaíno era tan bueno y tan barato de extraer que atrajo capital extranjero —sobre todo británico— en cuanto se privatizaron las minas comunales. El equivalente contemporáneo, apunta alguien con retranca, sería descubrir petróleo.
Pero el hierro no lo explica todo. Santander tenía minas propias, Cabárceno entre ellas, y una tradición artillera que se remontaba a las fábricas de Liérganes y La Cavada. Lo que le faltó fue algo menos tangible:
un hinterland integrado y una burguesía dispuesta a reinvertir en la ciudad.
El puerto que miraba a Cuba, no a Castilla
La economía santanderina estaba orientada al comercio con las Antillas y al mercado del trigo y las harinas. Su riqueza no venía del mercado interior ni del cabotaje peninsular. Cuando en 1898 se perdió Cuba, el golpe podía haber sido letal. No lo fue del todo: la ciudad reconvirtió parte de aquel capital hacia la
industria química y metalúrgica, con Solvay, Sniace o Ferroatlántica como ejemplos que aún colean. Pero el cambio llegó tarde y con menos masa crítica.
Hay quien sostiene que el ferrocarril a Algeciras terminó de hundir a Santander como puerto de salida de Castilla. La comparación con Bilbao es cruel: el superpuerto vizcaíno funciona como una infraestructura monumental, perfectamente comunicada con sus mercados, mientras el puerto cántabro sigue siendo un puerto de nicho. No en vano, entre el muelle de Gamazo y el Abra vizcaíno hay menos de cuarenta millas marinas: cualquier vapor lento cubre esa distancia en nada, lo que hace antieconómico plantear un puerto exterior en Santander. La bahía se ha salvado; el tráfico pesado, no.
La brecha social que Vizcaya cerró y Cantabria no
Aquí aparece el argumento menos económico y más incómodo. Gran parte del carlismo vizcaíno nació del resentimiento de las anteiglesias contra la villa liberal. Bilbao aguantó cien asedios y al final cerró esa fractura territorial mediante un relato identitario que integró a las Encartaciones y a buena parte de Álava y Guipúzcoa en un mismo proyecto. El resultado es un modelo policéntrico: Durango, a treinta kilómetros de Bilbao, sostiene por sí sola una conurbación de ochenta mil habitantes con comercio, industria y hasta sistema bancario propio.
Santander fracasó en ese proceso. La Montaña de las Juntas quedó dividida entre valles, y la capital nunca articuló su territorio como lo hizo Vizcaya con el suyo. La red de villas que debió cerrarse por el sur, a ambos lados de Campoo y Valderredible, casi hasta Miranda de Ebro, nunca se completó.
Cada valle, su campanario.
Reinosa, La Pasiega y el ferrocarril de Isabel II
La decisión de ubicar la acería de Reinosa lejos de la costa, fuera del alcance de la Royal Navy, dejó a Santander sin parte de la industria que podría haberla convertido en un núcleo de primer nivel. Hay quien defiende la elección por razones técnicas, pero el efecto sobre el arco de la bahía fue el que fue: unas cuantas familias poco interesadas en industrializar el entorno.
El presente tampoco invita al optimismo. El nodo logístico de La Pasiega sigue sin garantizar su enlace ferroviario. La línea a Madrid es la misma que inauguró Isabel II, con trenes que se quedan tirados en Venta de Baños y pasajeros encerrados en los vagones durante horas. En 1856 la burguesía santanderina ya tenía sobre la mesa un proyecto técnico para algo que podría haber cambiado la historia de la ciudad. Nunca se ejecutó.
Asturias, el carbón y la pregunta incómoda
El caso asturiano se usa a menudo como contraste. Su área central estuvo a punto de rebasar al Gran Bilbao en los sesenta y hoy es un solar industrial. La explicación oficial habla de reconversión y prejubilaciones masivas. La lectura más ácida señala que sostener la hulla asturiana fue una decisión política que ya Azaña criticaba en sus memorias: los altos hornos de Santander y Bilbao se proveían de carbón inglés, no asturiano, porque era más barato y mejor.
¿Se puede culpar de todo a los privilegios fiscales vascos y a su capacidad de presión política? Es la tesis que más circula. También la más cómoda. Porque Santander tuvo banco propio —hoy el de mayor capitalización de España—, tuvo químicas potentes y tuvo puerto. Lo que no tuvo fue la combinación exacta de mineral, capital reinvertido y proyecto colectivo que sí tuvo Bilbao.
Queda la pregunta que nadie cierra: si el hierro vizcaíno se agotó hace décadas y el puerto de Bilbao ya no huele a mineral, ¿por qué la brecha sigue creciendo?