Irene Montero, cajera: ¿insulto clasista o crítica a la meritocracia?
El dato es contraintuitivo: una encuesta europea muestra que la mitad de la población se identifica como clase trabajadora, cuando la cifra real ronda el 80-90%. Algo similar ocurre con la exministra Irene Montero. En los rincones de la discusión política, el apelativo «cajera» se ha convertido en un arma arrojadiza que divide a quienes lo usan y a quienes lo reciben. Pero, ¿es realmente un ataque clasista o una crítica legítima a la desproporción entre el cargo y la experiencia?
El curriculum de Montero frente al estereotipo
Montero es licenciada en Psicología por la UAM, con un máster en Psicología de la Educación y una beca de investigación FPU entre 2013 y 2015, según los datos aportados en la discusión. Su paso por la caja de un Media Markt se limitó a unos meses. Sin embargo, el relato de la «cajera» la reduce a esa experiencia efímera, ignorando su formación académica. Quienes defienden el mote argumentan que la incongruencia entre el perfil y la responsabilidad de dirigir un ministerio es la clave: «¿Dejarías que te operara un barbero?», preguntan.
Dos corrientes, un mismo diagnóstico
Por un lado, está la corriente que ve en el término un reflejo del arribismo de la clase política: personas que saltan de empleos precarios a altos cargos sin oposición ni experiencia de gestión, mientras predican contra la élite. «Se les llama cajera y kioskero para recordarles su pasado a estos neo-burgueses que siempre han deseado vivir como burgueses sin pegar palo», resumen. Por otro lado, hay quien denuncia el clasismo implícito: insultar a Montero como cajera es también denigrar a todos los trabajadores de supermercados, que realizan una labor necesaria. «Lo único que hacen es trabajar para que los hijos de puta que las desprecian puedan hacer la compra», señalan.
¿Dónde queda la meritocracia?
La discusión deriva inevitablemente hacia la selección de la clase política. Algunos comparan con Singapur, donde los ministros suelen tener décadas de gestión privada; otros citan ejemplos de políticos sin carrera formal pero con éxito en la empresa. La paradoja es que la crítica a Montero por su pasado laboral precario choca con la defensa de la clase trabajadora que ella misma esgrime. Al final, el debate revela más sobre la desconfianza en el sistema que sobre la persona: la política española produce figuras que, para sus críticos, son un «Frankenstein» de incompetencia y oportunismo.
La pregunta abierta queda en el aire: ¿es posible criticar la falta de preparación sin caer en el clasismo? O, como dice un comentario, «cuando llaman borracho a Ábalos o loca a Ayuso, ¿ahí no chirría nada?».