Marruecos no acoge inmigrantes: la paradoja que Sánchez premia
Mientras cuatro migrantes morían en 24 horas intentando llegar a nado a Ceuta —27 en lo que va de año, ocho solo en julio—, la pregunta incómoda resurge: ¿por qué Marruecos, país de tránsito y origen, no acoge a ningún menor no acompañado (MENA) ni a inmigrantes en su territorio? Y más: ¿por qué el Gobierno español no exige contrapartidas migratorias a cambio de los generosos acuerdos económicos y climáticos que firma con el reino alauí?
El argumento recurrente es que Marruecos no necesita mano de obra extranjera para sostener su sistema de pensiones —su pirámide demográfica es todavía joven—, ni tiene sectores que requieran llenar vacantes con migrantes. Tampoco busca un „enriquecimiento cultural“ que justifique la acogida. Dicho de otro modo: mientras España depende de la inmigración para mantener el Estado del bienestar, Marruecos la exporta.
La relación bilateral, sin embargo, va por otro carril. El Ejecutivo de Pedro Sánchez ha firmado con Rabat múltiples pactos —algunos etiquetados como „climáticos“— que no incluyen compromisos de acogida. La pregunta que queda en el aire es si esos fondos podrían condicionarse a que Marruecos asuma una cuota de responsabilidad en la crisis migratoria. De momento, ni rastro.
Mientras tanto, la ruta ceutí sigue cobrándose vidas. Y la ironía: un país que recibe miles de millones en cooperación y acuerdos preferenciales puede permitirse el lujo de no acoger a nadie. El efecto llamada, si existe, lo sufre España; Marruecos mira de perfil.