El polo, ese básico del armario que ahora parece de viejo
Es la prenda más neutra del armario masculino y, a la vez, la que más ampollas levanta entre hombres. Un polo de algodón sale más barato que una camisa, aguanta el planchado regular y sirve igual para la oficina, el vermut y la cena del viernes. Nada de eso ha impedido que se convierta en campo de batalla generacional: para unos es
ropa próceresca de caballeros; para otros, el uniforme del señor que hace años que dejó de mirarse al espejo.
¿Es el polo ropa de viejo o ropa de caballero?
La defensa del polo no se apoya en la estética, sino en la logística del armario. Un polo es un básico en el vestidor de un hombre que se precie, sostienen sus partidarios, que lo colocan por delante de la camiseta y a la altura de la camisa. Hay quien va más lejos y lo eleva a categoría: ropa de caballeros, con el cuello como única concesión al adorno.
Enfrente, la acusación no es de mal gusto sino de edad. El polo arrastra una etiqueta que no se va con la plancha: prenda de señor, de
fondo de armario al que se llega cuando uno deja de elegir y empieza a repetir. Lo llamativo es que la prenda acusada se defiende con la misma energía con la que se ataca. Nadie la considera irrelevante.
Alternativas al polo: del punto sin cuello a la camisa hawaiana
Quien reniega del polo no siempre propone algo mejor. Las alternativas que aparecen van del punto sin cuello —ropa de viejo, pero de otro viejo— a la camisa hawaiana, pasando por la sudadera fina con cremallera y las chanclas con calcetines. Ninguna sale bien parada. Tampoco el chándal barato, que en la escala de prestigio se hunde más todavía que el cuello rígido. El único punto de acuerdo es que la informalidad de saldo no arregla nada.
Queda una vía intermedia:
vestir de sport pero en caro. Es decir, renunciar a la camisa de oficina al jubilarse, reservarla para eventos y sustituirla por buena factura sin subir el tono. La elegancia, viene a decirse, no está en la prenda sino en lo que costó.
Si el polo es feo y el chándal peor, ¿qué demonios se pone un hombre de cuarenta y cinco años para no desentonar en ningún sitio? La respuesta, hoy por hoy, sigue sin aparecer.