La izquierda y su fetiche con la propiedad privada
Cada cierto tiempo, el socialismo redescubre su obsesión con la propiedad privada. Pero la diana no es cualquier propiedad, sino la del pequeño: el piso, el local, la herencia. La tesis que recorre el análisis más escéptico con el relato oficial es que la obsesión no es con la propiedad, sino con la propiedad ajena, la que crea independencia real.
La contradicción resulta llamativa. Mientras se carga la mano sobre el pequeño patrimonio —con impuestos, regulación o amenazas de incautación—, los grandes patrimonios del IBEX 35 o los fondos que compran deuda pública quedan casi intactos. La explicación que se maneja es prosaica: el pequeño propietario no depende del Estado, y quien no depende, no obedece. El gran capital, en cambio, reparte comisiones.
El recurso a la historia se antoja inevitable. En la URSS se abolió la propiedad individual y el resultado fue que la nomenklatura acabó repartiéndose el botín. Luego llegó el capitalismo de amigos, que algunos describen como lo mismo, pero con corbata. Hay quien compara aquello con el presente: una casta que vive del cuento y reparte el guano entre los suyos.
El análisis se atasca en el mismo punto de siempre: si la pulsión confiscatoria es pura envidia o simple negocio. Que el pequeño propietario no acumule nada beneficia a quien reparte el saco. La conclusión incómoda es que la izquierda moderna no quiere abolir la propiedad privada; quiere gestionarla ella. Y ahí, la diferencia entre el chaletazo propio y el piso ajeno es notable.