El mito del «victimismo judío» y el fantasma del «plan de dominación»
¿Por qué se repite con tanta insistencia que un colectivo lleva siglos cultivando el papel de víctima? La pregunta reaparece cada vez que una crisis económica necesita culpables, y en las últimas semanas ha vuelto a circular por redes y sobremesas con la misma retahíla de siempre. La tesis sostiene que el pueblo judío explota su sufrimiento histórico para blindarse frente a cualquier crítica. El problema es que el argumento se apoya casi siempre en las mismas tres piezas: una cita falsa, una metáfora tramposa y una estadística que nadie comprueba. Las tres se caen al primer envite.
¿Por qué se culpa a los judíos de las expulsiones que sufrieron?
El repertorio arranca con una cifra. Se repite que han sido expulsados de más de cien países y de ahí se salta, sin escala, a la conclusión de que algo habrán hecho. Hay quien lo ilustra con una analogía recurrente: si te echan de un restaurante, la culpa es del restaurante; si te echan de
109, quizá el problema seas tú. El truco está en meter en un mismo saco episodios separados por siglos y motivados por razones distintas —decretos de expulsión,
pogromos del este de Europa, cuotas de admisión en universidades— para venderlos como un patrón de conducta del expulsado.
El detalle que desmonta la analogía es sencillo: los lugares que los acogieron —Marruecos, el imperio otomano— lo hicieron durante largos periodos sin echarles en cara ningún crimen colectivo. Si el problema fuera intrínseco al grupo, ninguna corte se habría molestado en recibirlos. Lo que hubo fue lo contrario: una comunidad condenada a moverse cada vez que un poder necesitaba un enemigo a mano. La comparación de catástrofes entre pueblos, además, no invalida ninguna: que otros sufrieran no resta un ápice al sufrimiento ajeno.
La cita del Talmud que circula y no dice lo que le atribuyen
El segundo pilar es una cita. Se atribuye al
Sanhedrin, folio 104, una supuesta exhortación: «hasta que no nos hayamos apoderado de todo, no debemos cesar de gritar: ay, que tormento, ay, que humillación». Circula por media internet y tiene un problema de origen: parte de un texto religioso auténtico, lo deforma y le añade una consigna colectiva que no está ahí.
Ese añadido —presentar a todo un pueblo como dueño de un
plan secreto de dominación— es uno de los lugares comunes más viejos del manual. No es una crítica: es una fábrica de culpabilidad. Cuando una tesis necesita una cita manipulada para sostenerse, la propia tesis se está delatando.
La usura medieval y el origen económico del chivo expiatorio
Conviene separar la consigna del argumento serio. Durante la Edad Media se prohibió a los cristianos prestar dinero con interés. Alguien tenía que ejercer ese oficio y acabó en manos de las minorías a las que la prohibición no alcanzaba. Cuando la economía crujía, el prestamista —visible, cercano, identificable— se convertía en el sospechoso perfecto. La envidia y la ignorancia económica hacían el resto: se veía al que prosperaba, nunca al que malvivía.
De ahí sale, quizá, la respuesta a la pregunta de partida. Lo que se llama complejo de víctima no sería una estrategia, sino la memoria de un daño real y continuado. Un grupo al que se le han quemado sinagogas, confiscado bienes y expulsado por decreto no necesita cultivar nada: le basta con recordar. Otra cosa es que esa memoria se use, en según qué contextos, como escudo frente a cualquier crítica. Eso también ocurre, y quien lo niega no está describiendo la realidad.
Por qué el relato del victimismo resiste y se repite
Hay una razón práctica por la que la tesis no muere. Funciona como atajo: convierte una historia compleja en una frase de barra de bar. Y, sobre todo, ofrece un culpable. Cuando el culpable tiene nombre colectivo, la crisis deja de ser un problema de sistema y pasa a ser un problema de alguien concreto. Ese es el mecanismo que comparten todos los chivos expiatorios de la historia moderna. No hace falta creer la cita del Talmud para aprovechar su utilidad: basta con repetirla.
¿Es lo mismo criticar el sionismo que atacar al judaísmo?
El asunto desemboca siempre en Oriente Próximo. Una parte distingue tajantemente entre judíos y sionistas, y sostiene que la crítica a un Estado no tiene nada que ver con la hostilidad hacia una religión. Otra responde que la distinción se usa a menudo como coartada para colar los viejos tópicos por la puerta de atrás, mudando la acusación del plano religioso al plano político sin cambiar el contenido. Es una discusión abierta, y con pocos visos de cerrarse.
Queda una conclusión incómoda para los amantes de las teorías. El pueblo acusado de inventarse su sufrimiento no necesita inventarlo: le sobra con la historia. Quien quiera ver un plan de dominación tendrá que traer algo más que un folio mal citado y una analogía de sobremesa.