Hitler era racista y Mein Kampf lo demuestra
¿Por qué alguien que admira a Hitler se empeña en negar lo que está escrito en su propio libro? El racismo no es un detalle incómodo del nazismo: es su cimiento ideológico. Y, sin embargo, una corriente de simpatizantes actuales sostiene que el dictador «no era racista» y que la historia la escribieron los vencedores. Cada vez que se cita el texto original, el relato se resquebraja.
El libro que nunca leyeron
Mein Kampf no es un tratado ambiguo. Buena parte de sus páginas describe cómo debe organizarse un Estado sobre bases raciales: quién pertenece a la comunidad y quién queda fuera. Negar el racismo de su autor exige no haberlo leído o hacerlo con el dedo tapando los párrafos. Hay quien recuerda que el propio Hitler dejó por escrito su admiración hacia Estados Unidos como el único país que, a su juicio, había avanzado hacia lo que llamó una «sociedad racista sana».
El truco de redefinir la palabra racismo
Una parte del negacionismo no discute los hechos: reescribe el diccionario. Sostiene que racismo solo significa «constatar que existen razas distintas» y no «creer que unas son superiores a otras». Bajo esa definición de conveniencia, el exterminio deja de llamarse racismo y pasa a ser otra cosa. Hasta hay quien compara la mentalidad racial de Hitler con la del boxeador Muhammad Ali para blanquearla. El movimiento es viejo: se cambia el significado de la palabra hasta que el acusado deja de encajar en ella.
«Todos eran racistas en aquella época»
El segundo argumento es el presentismo: se dice que juzgar a Hitler con los valores actuales es injusto porque el racismo era el ambiente general de la época. Es verdad que el racismo y el antisemitismo no fueron monopolio alemán —la eugenesia, la segregación y las leyes de exclusión también se practicaban en democracias anglosajonas—. Pero de ahí no se sigue que Hitler fuera un producto neutro de su tiempo. Convirtió ese ambiente en política de Estado y en dogma central. La diferencia entre tener prejuicios y montar una administración para ejecutarlos no es un matiz.
Dos facciones y una misma base
Dentro de los propios círculos que reivindican el nacionalsocialismo hay una grieta. Unos admiten sin rodeos el racismo y el supremacismo; otros prefieren un racismo «espiritual» heredado de cierta tradición esotérica, donde la raza es una cuestión del alma y no de la biología. En la práctica, ambos acaban en el mismo sitio: achacar virtudes a unos grupos y defectos a otros. La negación funciona como un blindaje psicológico: si el racismo es el núcleo, reconocerlo obliga a asumir la magnitud de lo que se defiende.
Es un equilibrio delicado: hay que citar a Hitler para defenderlo y, a la vez, no leerlo. La hazaña se sostiene mejor en un titular que en cualquiera de sus páginas.