Las teorías que compiten por explicar la ideología de género
Las movilizaciones en Canadá contra los contenidos de educación afectivo-sexual en las escuelas —con madres que se declaran orgullosas de tener hijos trans— han reavivado una pregunta recurrente:
¿quién impulsa la llamada ideología de género y para qué? Nadie lo ha demostrado. Las respuestas que circulan se contradicen entre sí: una tesis geopolítica, una económica, una demográfica y otra que apunta a una supuesta élite financiera internacional. Cuatro relatos, un mismo hueco de pruebas.
¿Quién se beneficia económicamente de la ideología de género?
La explicación que menos enemigos necesita es la del negocio. Se argumenta que el asunto funciona como industria en sí misma —estudios, programas, organismos y subvenciones— que permite mover dinero
sin riesgo y que, de paso, mantiene a la población distraída en una trifulca permanente. La división sería el producto, no el efecto secundario. Como cortina de humo, sostienen, rinde más que cualquier promesa electoral.
A esa pata se le engancha la demográfica: el capitalismo ya no necesitaría tanta mano de obra y, con los recursos en tensión, sobrarían bocas que alimentar. La cifra que se repite es la de
8.000 millones de personas en el planeta. De ahí saldría el interés por desmontar la familia y por vender aplicaciones de citas y comida ultraprocesada como horizonte vital, en lugar de hijos.
La tesis de la subversión exterior: de Bezmenov a China y Rusia
Otra corriente sitúa el origen fuera. El marco es la llamada subversión soviética que describió
Bezmenov y que, según una parte del análisis, se ha malinterpretado o directamente ignorado. En esta lectura, lo que empezó siendo marxismo cultural en universidades y partidos financiados hace
cien años es hoy una estrategia de China y Rusia para debilitar a su enemigo sin disparar un tiro.
El ejemplo recurrente es Canadá: se señala la influencia china en el país y los episodios que se le atribuyen al entorno de Trudeau. El desarrollo completo de esta hipótesis —con nombres, décadas y organismos— da para varias intervenciones que aquí no caben enteras.
El contraargumento: si las instituciones la promueven, no es una infiltración
Aquí llega la objeción que descarrila la tesis exterior. Si
la OTAN y Estados Unidos incluyen los valores llamados woke en su discurso público, y si las instituciones de un país miembro los aplican —jueces que hacen cursos de género, ministerios que los promueven—, resulta difícil sostener a la vez que ese mismo bloque es el enemigo a batir. O China y Rusia controlan Occidente, o son sus adversarios. Las dos cosas no.
A esto se suma un dato que se esgrime contra quienes atribuyen la agenda a un colectivo concreto: el judaísmo es una religión con normas sexuales muy restrictivas, y en España no hay presencia judía institucional desde
1492. La paradoja se usa para desmontar la acusación.
La atribución a una élite financiera, sin ninguna prueba
La hipótesis más cargada señala a una supuesta élite financiera internacional a la que algunos atribuyen un origen judío. Conviene decirlo con claridad:
no hay ninguna evidencia que respalde esa conexión, y quienes la sostienen suelen apoyarse en la coincidencia de apellidos en consejos de administración, no en documentos. Las réplicas contra esta línea son con frecuencia despectivas y reproducen tópicos antisemitas que este artículo no recoge.
La vertiente demográfica y el salto al transhumanismo
Queda el eje demográfico en su versión más dura: la idea de que el objetivo último sería reducir la natalidad de unos grupos y no de otros. Se afirma, sin aportar prueba alguna, que ciertos colectivos tienen hijos sin dificultad mientras la población autóctona se queda atrás, y que los planes de control se dirigirían al continente equivocado. A ese relato se le añade el salto al
transhumanismo, como si la discusión sobre identidad de género fuese la antesala de la mejora tecnológica del ser humano.
El resultado es un mismo fenómeno explicado por cuatro causas incompatibles: el dinero, la geopolítica, la demografía y una conspiración étnica. Cada una tapa los agujeros de la anterior. Y ninguna, hasta ahora, ha presentado nada que se parezca a una prueba.