Amistades del instituto vs. colegio: ¿cuáles duran más?
El colegio nos junta por geografía y edad, no por afinidad. Un niño de cuatro años puede hacerse amigo de cualquiera en un parque porque su personalidad aún no está definida. En el instituto, en cambio, la cosa cambia. La amistad se vuelve más voluntaria, más consciente, más seleccionada. Sobre los 15 años, cuando el carácter empieza a solidificarse, elegimos a quienes realmente nos encajan. Un cani y un nerd emo difícilmente congeniarán en esa etapa.
Pero no todos comparten esa visión. Hay quien sostiene que las amistades de juventud se mantienen por una razón menos romántica: la necesidad de tener testigos de la propia épica pasada. Según esta corriente, la gente se aferra a quienes compartieron su mediocre juventud porque entre ellos no se soportan y buscan a alguien que no se corrompió. Arrastran décadas a personas que se pegan como lapas, incluso cuando se les evita.
La antropología añade otra capa: cada 15 años se aprende a vivir con el miedo existencial. Los 15 y los 60 años son la etapa tribal, del fuego, del sentimiento de pertenencia. Quizá por eso las amistades del instituto, forjadas en el fragor de la identidad adolescente, resisten el paso del tiempo mientras las del colegio se diluyen. O tal vez, como apuntan los más cínicos, simplemente es que no hay nada mejor que hacer.
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