El doble rasero de las protestas: ¿por qué los trajes de Camps movilizaron a miles y las joyas de ZP pasaron de largo?
La pregunta flota en el ambiente desde hace años: ¿por qué el caso de los trajes que el expresidente valenciano Francisco Camps recibió como regalo (y por el que dimitió) desató manifestaciones multitudinarias, mientras que el episodio de las joyas de la mujer de José Luis Rodríguez Zapatero ni siquiera generó una cacerolada? La respuesta, a juzgar por el ruido político, no está en la cuantía de lo sustraído sino en el sesgo ideológico de los convocantes.
Los datos son tozudos. En 2009, el "caso de los trajes" llevó a decenas de miles de personas a la calle en Valencia y Madrid, con el PP como diana. En cambio, cuando en 2013 se supo que la esposa del presidente del Gobierno había recibido joyas de regalo de empresarios (sin que se acreditara delito), la movilización fue inexistente. La diferencia no es de magnitud jurídica —ninguno de los dos casos acabó en condena firme por cohecho— sino de marketing de la indignación.
Lo que subyace es una maquinaria de movilización selectiva. La mayoría de las protestas organizadas en España no surgen de la base ciudadana espontánea, sino de aparatos políticos y mediáticos que activan a sus bases según la conveniencia del relato. Como apunta un análisis recurrente, basta con disponer de financiación para logística, autobuses y bocadillos para montar una manifestación de manual. El hartazgo real, mientras tanto, se reparte por igual entre los escándalos de todos los colores.
La conclusión es incómoda: la indignación se ha vuelto un recurso partidista más. Mientras no se cree un índice independiente de corrupción que pese los casos sin mirar el carné, el debate seguirá atrapado en el juego de "y tú más".