El terraplanismo vuelve: del mito medieval al bulo viral
El terraplanismo no es una teoría antigua recuperada: es un fenómeno reciente. Hasta 2010 parecía un mito medieval, pero en pocos años pasó de circular en rincones concretos de internet a instalarse en la conversación general. La discusión arranca con una tesis incómoda: según un participante, el pueblo poco ilustrado siempre creyó que la Tierra era plana, y los eruditos fueron quienes impusieron la esfera. La cronología, sin embargo, desmiente esa intuición.
En 1522 Juan Sebastián Elcano cerró el asunto al completar la primera vuelta al mundo y dejar escrito que habían «redondeado toda la redondeza del mundo, yendo por el occidente e veniendo por el oriente». Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, dejó además constancia del desfase de un día en su diario al llegar a Cabo Verde, prueba práctica de que habían dado la vuelta completa al globo.
Qué dice la ciencia que ya estaba resuelta
Mucho antes,
Eratóstenes midió la circunferencia terrestre con notable precisión usando sombras y geometría. Siglos después,
Alfred Wallace, codescubridor de la selección natural junto a Darwin, apostó con un terraplanista a que podía demostrar la esfericidad del planeta. Ganó la apuesta y el otro tuvo que pagar. Es decir: el terraplanismo no resucita un saber antiguo perdido; contradice un consenso verificable desde hace milenios.
¿Por qué se ha hecho popular ahora y no antes?
Aquí el diagnóstico se fragmenta. Una línea sostiene que
el nivel cultural medio y el cociente intelectual llevan años bajando, lo que explicaría el auge de las teorías «más primarias, infantiles e imposibles». Otra apunta a la infraestructura: antes los pirados no tenían medios para comunicarse masivamente entre sí, pero sí la necesidad; ahora hay quien ha encontrado la manera de monetizar esa necesidad. Una tercera vía señala el efecto paradójico del troleo: la cosa empezó como burla a los conspiracionistas y estos, más crédulos de lo previsto, asumieron la broma como conspiración real. El paralelismo que se cita es el de los nazbols inventados para reírse del personal y luego tomados en serio por imitadores.
El terraplanismo como síntoma, no como teoría
Hay un análisis más incómodo: según otro participante, el terraplanismo sería una
sublevación visceral colectiva contra una ciencia cada vez menos seria y más entregada a los intereses de quienes mandan. La manifestación absurda de la intuición de que todo es una tomadura de pelo. En esa lectura, el terraplanista no llega a su conclusión por observación ni por argumentos empíricos, sino por un esquema mental previo: si las élites ocultan cosas, todo lo oficial es mentira. La no-redondez no se demuestra; se deduce del ambiente. Y ahí entra el efecto perverso que denuncia otra parte del debate: dudar de la versión oficial sobre cualquier asunto —por ejemplo, sobre el programa Apolo— te equipara automáticamente al que cree que la Tierra es plana, lo que funciona como etiqueta deslegitimadora.
La grieta que el terraplanismo no controla
Dentro del propio ecosistema alternativo, el terraplanismo es el pariente pobre.
Ni los más conspiranoicos le prestan atención: son los parias dentro del mundo magufo. Eso no impide que se cuele en plataformas de masas con documentales, mientras otras hipótesis incómodas no reciben el mismo tratamiento. La asimetría, dicen, no es casual.
El argumento que se cae solo
La defensa técnica del terraplanismo también aparece, y también se desmonta. Se argumenta que las mareas no pueden ser gravitatorias porque en lagos de agua dulce apenas hay mareas y en el Mediterráneo son mínimas, mientras que el Caspio —salado— registra entre 3 y 10 centímetros. De ahí se salta a que el agua de mar es diamagnética y que el Sol, la presión atmosférica y los campos electromagnéticos explican el fenómeno. El problema es cuantitativo: que algo afecte no implica que sea significativo para explicar el conjunto. Sin números, la hipótesis alternativa no sostiene el peso que pretende.
Lo que queda
El terraplanismo no crece porque haya pruebas nuevas: crece porque el ecosistema digital premia la certeza barata y castiga la duda informada. Con estos mimbres, es previsible que la próxima teoría imposible llegue antes de que hayamos terminado de discutir esta. Aunque conviene no apostar demasiado: la historia demuestra que las modas conspirativas también se apagan solas cuando dejan de dar clics.