El transporte público no es inmune a la inflación: lo pagas en impuestos
El billete sencillo de autobús en Madrid lleva congelado en 1,5 euros desde 2012. El abono mensual de la zona A pasó de más de 50 euros a 32,70 tras las rebajas postpandemia. En Barcelona, sin embargo, un billete sencillo cuesta 2,95 euros y no incluye transbordo. La paradoja es que el transporte público parece ajeno a la inflación de precios, pero solo porque el coste real se ha trasladado al contribuyente. Las subvenciones cubren hoy entre el 80% y el 85% del coste total del sistema en Madrid, según datos del propio sector. En Cercanías, la cobertura mediante billetes ni siquiera alcanza el 50%.
Subvenciones masivas: el precio político de la movilidad
La explicación es sencilla: el transporte público es considerado un servicio esencial y, desde hace al menos una década, se financia mayoritariamente con impuestos. Los contratos con las operadoras se firman a largo plazo y fijan el precio al usuario durante años, mientras que las empresas reciben compensaciones que cubren el desfase. Cuando el gasóleo sube o los salarios se incrementan, es el erario público quien lo absorbe. El resultado es una aparente estabilidad que esconde un agujero fiscal creciente.
Madrid vs. Barcelona: dos modelos, un mismo fondo
En Madrid, el billete sencillo de autobús urbano está en 1,5 euros desde 2012. El abono mensual de zona A, que antes de la pandemia costaba unos 54 euros, se redujo a la mitad y luego se situó en 32,70 euros. En Barcelona, en cambio, el billete sencillo cuesta 2,95 euros y no da derecho a transbordo, obligando a muchos usuarios a pagar dos billetes. La T-casual (antigua T-10) cuesta 13 euros pero es unipersonal. Las diferencias de precio reflejan distintas políticas de subvención, pero en ambos casos el coste real está muy por encima de lo que paga el usuario. Los datos apuntan a que el sistema de Madrid requiere más de 2.000 millones de euros anuales de presupuesto público.
La calidad se resiente: reduflación en el servicio
Más allá del precio, hay quien señala que la inflación se manifiesta en forma de empeoramiento del servicio: saturación, retrasos, inseguridad y una calidad cada vez más deficiente. Es la llamada reduflación del transporte público: pagas lo mismo (o menos) pero recibes menos. Las empresas operadoras, a menudo calificadas de mafias sindicales, mantienen convenios y condiciones laborales que disparan los costes, especialmente en los metropolitanos de grandes ciudades.
La pregunta que queda en el aire es hasta cuándo podrá mantenerse este modelo de subvención masiva. Si los ingresos fiscales se contraen o la deuda pública se dispara, el transporte público podría convertirse en una víctima más de la siguiente crisis, y entonces los precios para el usuario se pondrían al día de golpe.
Debates relacionados en el foro