Eric Finch
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https://paralalibertad.org/por-que-el-federalismo-australiano-funciona-mejor-que-el-nuestro/ Por qué el federalismo…
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El federalismo australiano funciona mejor que el español gracias a un sistema electoral que empodera al diputado individual frente al partido, fortaleciendo así el Parlamento y la relación entre el Estado central y los entes territoriales.
El sistema parlamentario australiano aún merece ese nombre. El Parlamento conserva un poder que en España se ha diluido, especialmente al mantener el monopolio de aprobar normas con fuerza de ley. No existe allí un instrumento normativo similar al decreto-ley español. Lo más parecido son las leyes de bases y los decretos legislativos, una técnica que en España apenas se usa desde los años ochenta.
La relación entre el Parlamento y el Gobierno en Australia no está tan desequilibrada a favor de este último como ocurre en España. El Parlamento australiano tiene una fuerza que le permite aprobar leyes, algo que en España ha ido perdiendo terreno frente al poder ejecutivo. Esta diferencia no es menor, ya que un parlamento fuerte es la base de una democracia saludable.
La Constitución australiana, de 1900, sentó las bases de un federalismo dual, otorgando considerable poder a los gobiernos territoriales. Sin embargo, con el tiempo, las competencias de la Federación se han ido reforzando. Este proceso, aceptado socialmente a pesar de las reticencias estatales, responde a la necesidad de una mayor coordinación en el mundo moderno. En España, el Estado autonómico sigue una dinámica marcadamente centrífuga, y cuando los servicios autonómicos fallan, la culpa recae en la financiación estatal o se buscan excusas para recentralizar sin que se note. Un ejemplo de esto es la creación de la Unidad Militar de Emergencias (UME) para atender catástrofes.
Las disputas entre el poder central y los entes autónomos en España suelen estar teñidas de un fuerte sesgo partidista. Es común ver enfrentamientos entre comunidades gobernadas por un partido y el Gobierno central dirigido por otro. Esta dinámica, que se ha ido alternando a lo largo del tiempo, no se observa con la misma nitidez en Australia.
Aunque la ideología tiene su peso en Australia, los intereses territoriales priman. Este mismo verano, el Gobierno laborista de Anthony Albanese propuso eliminar la bonificación adicional del seguro sanitario privado para mayores de 65 años, a lo que varios Estados se opusieron, incluido el gobierno laborista de Nueva Gales del Sur. Al mismo tiempo, el Ejecutivo de Victoria, también laborista, cuestiona el actual sistema de distribución del GST (el equivalente australiano del IVA) entre los Estados, un sistema que una comisión técnica ha confirmado que favorece desproporcionadamente a Australia Occidental. Esto sería comparable a que un líder autonómico español criticara públicamente los cupos vasco y navarro.
La gran diferencia en el funcionamiento, más allá de las normas, entre Australia y España reside en la cultura política. Décadas de práctica del parlamentarismo y el federalismo, dejando la obediencia a los partidos en segundo plano, han cimentado esta diferencia. A mi entender, esta cultura se ha fortalecido gracias a un sistema electoral que permite a los políticos creer en lo que dicen.
Visitar el Parlamento de Queensland es una experiencia reveladora. Al cruzar el control de seguridad, uno se encuentra con un gran panel que muestra las fotos de los 93 diputados estatales actuales, con su circunscripción debajo de su nombre, pero sin especificar el partido. Al avanzar por los pasillos, se topa con las fotos de legislaturas pasadas. Este protagonismo visual de los representantes individuales se repite en otros parlamentos estatales y en el Parlamento Federal de Canberra. El mensaje es claro: la institución está formada por representantes individuales, no solo por partidos o dirigentes.
En España, esta visibilidad del diputado individual es prácticamente inexistente, más allá de las galerías de retratos de expresidentes. La razón es sencilla: en España, los parlamentarios ceden protagonismo a los grupos políticos, mientras que en Australia los diputados tienen peso propio.
La principal causa de esta diferencia radica en el sistema electoral. El Congreso español se elige mediante listas cerradas y bloqueadas. El votante elige una candidatura elaborada por el partido, lo que significa que el diputado debe gran parte de su carrera política a quienes confeccionan esas listas.
Australia, en cambio, sigue un sistema distinto. La Cámara de Representantes se elige en distritos uninominales. Los ciudadanos votan a candidatos concretos, con nombre y apellidos, aunque debajo aparezca el partido al que pertenecen. El partido es importante, sí, pero el diputado mantiene una relación mucho más directa con su circunscripción y con los votantes que le renuevan la confianza en cada elección. Esto no elimina la disciplina de partido, pero introduce un elemento crucial: la lealtad territorial. El diputado sabe que representa a un distrito y que su supervivencia política depende no solo del comité electoral de su partido, sino también del juicio de sus votantes. Como bien señaló Ortega y Gasset en 1929, "La salud de las democracias, cualesquiera que sean su tipo y su grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario".
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Sí, bueno. También…