Por qué la tele paga prima de imagen y no de currículum
Piense en el dueño de un pub que busca camarera. Nadie escribirá «joven, guapa y con buena presencia» en el anuncio, pero el filtro opera igual. En televisión el mecanismo es idéntico, con una diferencia: aquí se mide en share. La cuestión que se ha colado en las conversaciones económicas de estos días no es estética, es de mercado. Cuánto de una redacción se decide por expediente académico y cuánto por audiencia.
El share como criterio de selección
La televisión vende ojos. A anunciantes o a presupuestos, pero ojos. Ese producto no lo elige un comité de estilo: lo elige el mando de turno cuando mira el dato de la noche anterior. Si subir la cámara unos centímetros mueve décimas, se sube. Y si el casting mueve otras tantas, se ajusta el casting.
De ahí una aparente paradoja que no es tal. El mismo grupo que suelta la charla contra la cosificación en el informativo coloca piernas en el horario de máxima audiencia. Son dos públicos distintos: el que traga el relato y el que paga el anuncio. Ninguno de los dos firma el manual de estilo.
El precio real de esa imagen
El reverso es laboral. La industria que premia la imagen paga sueldos de entrada de 900 euros a quien sale en pantalla, mientras buena parte de las decisiones se cuece, sostiene la versión más cínica, en los despachos. Una corriente del análisis lo reduce a selección por demanda: se contrata lo que el espectador premia. La respuesta contraria señala precariedad disfrazada de mérito y un criterio estético que nunca se aplica igual a los hombres.
El mismo razonamiento se extiende fuera del sector. Si el filtro físico domina también en hostelería, comercio y atención al público, la pregunta deja de ser televisiva y pasa a ser de mercado de trabajo. La respuesta está en la cuenta de resultados, no en la facultad.
La duda estadística que abre el asunto —ese 95% que no encaja con la población general— no tiene respuesta en ningún código deontológico. La tiene en el share.