Por qué el obrero compraba piso en 1965 y hoy no puede
El obrero español se compraba un piso en los años sesenta porque al régimen le convenía que lo hiciera. No hubo milagro ni paternalismo: hubo una política deliberada de convertir al proletariado en propietario para que dejara de ser peligroso. Y eso, que suena a boutade, tiene detrás un aparato administrativo entero. Lo que matiza el entusiasmo retrospectivo es el resto del paquete: sin ascensor, sin aislamiento, sin voto y con el sueldo justo para no morirse.
Instituto Nacional de la Vivienda: seis millones de ladrillos y una intención
El Instituto Nacional de la Vivienda se creó en 1939. La Obra Sindical del Hogar hizo el resto. Entre los años cincuenta y setenta el Estado no se limitó a dejar hacer: organizó la promoción masiva de vivienda protegida y la colocó al alcance de rentas salariales. Las cifras que se manejan apuntan a unos seis millones de viviendas sociales construidas en el periodo. Antes de la guerra la mayoría de la población vivía de alquiler; después, la norma social pasó a ser la propiedad.
Detrás de esa ingeniería hay un precedente explícito: Bismarck. El canciller alemán fue el primero en entender que un obrero con patrimonio hipotecado no organiza revoluciones. Las pensiones, la sanidad y la escuela pública beben del mismo cálculo. No fue amor al pobre. Fue gestión del riesgo político, y conviene no confundir una cosa con la otra.
Suelo barato, impuestos nulos y la hipoteca que pagaba la empresa
Aquí está la parte que más incomoda. La vivienda protegida estaba exenta de impuestos en todas sus etapas, el suelo se ponía a disposición a precios irrisorios, la normativa de construcción era mucho menos exigente y la energía costaba una fracción de lo actual. El resultado era un producto adefesio, barato y rentable para el constructor.
Hay un caso que resume la distancia con hoy: una gran empresa química —Alcudia, hoy Repsol Química— financió en los años setenta la compra del piso de uno de sus trabajadores con un préstamo sin intereses a diez años. ¿Qué compañía hace eso ahora? Ninguna. Y si lo intentara, Hacienda lo leería como pago en especie o directamente como dinero zain, con recargo para el empleado y para el empleador.
El bowling no lo inventó la democracia: 1986, el euro y el ladrillo como refugio
Conviene bajar el tono épico. El precio de la vivienda no se desbocó por un decreto concreto ni por una ideología: lo hizo cuando la economía española se abrió. El punto de inflexión que señala el análisis es 1986, con la entrada en la UE. A partir de ahí los precios empiezan a desmarcarse de los salarios; con el euro, en 1999, el despegue se acelera; en 2008 pint todo y el Estado acude a rescatar a la banca que había especulado con el ladrillo.
La otra pata es la demanda. Los españoles compran vivienda porque es su único refugio contra la inflación, que devalúa salarios y ahorros mientras diluye la deuda pública. Toda esa presión se descarga sobre un suelo que gestionan ayuntamientos y comunidades, con licencias, planeamiento urbanístico y competencias cruzadas. La oferta no reacciona. El precio, sí.
La letra pequeña: pisos Paco, mano de obra infantil y cero papeleta
No todo era mejor. Los bloques de vivienda protegida de la época eran funcionales y poco más: mala ventilación, peor aislamiento, sin aparcamiento ni zonas comunes. Se trabajaba desde niño, la jornada era física y la movilidad social, real pero estrecha. Y no se votaba. Nadie que reivindique aquel acceso a la propiedad parece dispuesto a firmar el resto del contrato.
La comparación honesta no es Franco contra ahora, sino el salario contra el precio. En 2020 quedó a la vista que una parte enorme de los hogares no aguantaba dos meses sin ingresos. Un país que no tiene colchón difícilmente va a tener, además, un parque de vivienda asequible.
Mientras el ladrillo siga siendo el único activo refugio del ahorro español y la oferta de suelo siga atada a decisiones municipales, el piso del obrero será una pieza de museo. Si algo cambia, lo hará por la vía del colchón financiero o por miedo, no por nostalgia. Aunque, visto lo que se tardó en reconocer la burbuja, tampoco apostaría mucho a que la corrección llegue antes que la próxima resaca.