Por qué los edificios antiguos son más bonitos (y no es solo nostalgia)
La queja es recurrente: los edificios nuevos son cajones de hormigón sin alma, mientras que los de hace un siglo rezumaban encanto. Pero la codicia de los promotores es la misma de siempre. ¿Por qué entonces el resultado es tan distinto? El análisis económico y urbanístico apunta a varias causas solapadas.
En primer lugar, el sesgo de supervivencia: de cada época solo sobreviven los mejores edificios. Las viviendas obreras y la construcción barata del XIX fueron demolidas en su mayoría; lo que vemos hoy es una muestra filtrada. Comparamos palacios y ensanches burgueses con toda la promoción corriente actual.
Pero hay razones económicas de peso. La mano de obra artesanal que cincelaba molduras, forjaba rejas curvadas y decoraba fachadas era barata respecto al valor total del edificio. Hoy, el coste de ornamentar a mano es prohibitivo y las soluciones industrializadas abaratan plazos, financiación y mantenimiento. Una reja recta prefabricada cuesta menos que una curvada y personalizada.
Además, el decision maker cambió. El propietario del XIX quería dejar su apellido grabado en la fachada durante generaciones; el promotor actual maximiza el beneficio a corto. No solo es estética: el urbanismo ha eliminado arbustos, fuentes y balcones, dejando una losa gris sin vida. Pisos de 600.000 euros tienen fachadas lisas y rejas rectas.
La pregunta sigue abierta: si la codicia es atemporal, ¿qué llevó a los constructores del XIX a invertir en belleza? Quizá la respuesta no sea solo económica, sino de modelo de propiedad y prestigio social.