El perro de Rajoy pesó más que el volcán: la lógica del voto fiel
Un perro sacrificado costó un debate de dimisión; decenas de muertos y miles de damnificados no mueven ni una décima en las encuestas. La paradoja estructura cada discusión sobre las crisis que el Ejecutivo parece dejar caer: el volcán, la dana, el desalojo de Adamuz, la presión en Ceuta. El presidente encaja las críticas sin que su base electoral se resquebraje.
El votante que no negocia con la realidad
La explicación más extendida es que existe un electorado que no premia la gestión, sino la pertenencia. Empleados públicos, pensionistas, perceptores de ayudas: un bloque que votaría al PSOE incluso ante un escándalo de máxima gravedad. Se trata de un vínculo ideológico, no de resultados. Esa corriente sostiene que Sánchez puede permitirse desdeñosas respuestas ante tragedias porque su cliente principal no exige cuentas, exige fidelidad.
La abstención como redes de seguridad
Otra línea apunta al voto útil invertido: el miedo a la derecha funciona como pegamento. Hasta quienes critican la gestión acaban votando al presidente por considerar que la alternativa es peor. Y ahí se añade el factor abstencionista: muchos se quedan en casa creyendo que castigan al Gobierno, pero la abstención no resta votos a Sánchez; se los resta a la oposición.
La suma de ambos factores es un blindaje que la oposición no sabe atacar. No se discute con datos una adhesión que funciona como fe.
Mientras tanto, el perro de Rajoy sigue siendo el único damnificado que logró poner contra las cuerdas a un presidente. El resto espera en la cola del olvido.