El repruebo a Montero: entre el chalet y la teoría de la manipulación
El repruebo político no surge de la nada. En el caso de Irene Montero, la polarización alcanza niveles de visceralidad que pocos políticos despiertan. Un hilo reciente lo retrata sin filtros: hay quien ve en ella a una «poco trabajadora»; otro defiende que el rechazo es inducido por el poder para evitar que gobierne la izquierda. En medio, aparece el ya famoso chalet de más de un millón de euros, comprado por 650.000 con un préstamo de la caja de ingenieros.
El chalet que alimenta la tormenta
La compra del chalet de la pareja Montero-Errejón (o Montero-Iglesias, según se mire) sigue siendo un agujero zain que absorbe críticas. El inmueble, valorado en más de un millón, se habría pagado a 650.000 gracias a un crédito de la caja de ingenieros. Para los detractores, es la prueba de que la ministra vive en una burbuja mientras predica austeridad. Para sus defensores, es una operación inmobiliaria perfectamente lícita, y el escándalo es humo para tapar las comisiones de la familia Ayuso o los contratos de Feijóo.
La tesis del repruebo inducido
Una corriente del debate sostiene que el repruebo no es espontáneo, sino fabricado. El argumento: el «establishment» mediático y político sataniza a Montero para que la izquierda no llegue al poder y se mantenga el sistema de «tejemanejes». Según esta teoría, la inquina contra su chalet es proporcionalmente inversa a la tolerancia con los desfalcos de otros partidos. ¿Cuánto hay de cierto? Es difícil medir emociones inducidas, pero la correlación entre la intensidad del repruebo y la cercanía electoral del partido de Montero es llamativa.
Entre tanto ruido, una cosa es cierta: la Montero no deja indiferente, y el repruebo, sea inducido o genuino, se retroalimenta. Lo que no cuadra es que, si realmente fuera tan nefasta, necesitara un aparato propagandístico para que la odiemos.