Pegar tiros o pasar hambre: el escenario de escasez que se abre paso
¿De verdad estamos ante la elección entre el hambre y el frente? La pregunta vuelve cada vez que el petróleo se tensa, y esta vez llega con una respuesta incómoda: puede que no haya que elegir. Hay quien sostiene que el próximo gran conflicto no será por ideología ni por fronteras, sino por el gasoil, y que el menú trae las dos cartas, la trinchera y la cartilla de racionamiento.
La tesis que circula es sencilla y fea: quien tiene los recursos naturales tiene el mando, y los recursos que mueven el mundo siguen siendo los fósiles.
Rusia y Arabia Saudí aparecen en esa ecuación como los grandes proveedores de diésel. De ahí a imaginar un rearme acelerado solo hay un paso.
La guerra por el diésel: el recurso que mueve el mundo
El diagnóstico más repetido señala al bloque que controla los hidrocarburos como objetivo militar. No se habla de un choque cultural ni de una disputa territorial: el
casus belli sería el carburante que mueve camiones, tractores y barcos.
Y en ese escenario el pronóstico es de manual de reclutamiento antiguo. Se especula con que cualquier varón por encima de los trece años acabe rapado y camino del frente, y con que las penurias lleguen antes incluso que las balas. La escasez no sería un efecto colateral de la guerra, sino su prólogo.
La versión amable de todo esto es la del superviviente: el que aguante podrá sacar las fotos y contarlo. La versión realista es que hambre y tiros no son alternativas, sino dos caras del mismo recibo.
¿Cuántas bombas nucleares le tocarían a España?
Aquí el relato se parte. Frente al apocalipsis nuclear total aparece un cálculo que un forero atribuye a la Guerra Fría: a España le correspondían tres objetivos —
Torrejón de Ardoz, Rota y Morón— y entre todos ellos no se repartirían más de diez artefactos. Con diez no se contamina un país entero, sostiene esta corriente; la lluvia radiactiva cae sobre todo en el punto de impacto.
El escenario opuesto dibuja armas nucleares tácticas, un conflicto de un mes y millones de muertos, con el hambre como secuela para quien sobreviva. Ese relato se mezcla con profecías religiosas sobre una gran tribulación de tres años y medio y la llegada posterior de un salvador que, según esa misma versión, no sería lo que parece. No hay pruebas que respalden esas cronologías: son creencias, no previsiones.
¿Aceite a 100 euros y huevos a 50? La cesta del colapso
El tramo más tangible del pesimismo es el de la compra diaria. Circula una lista de precios de escenario extremo: aceite de oliva refinado a
100 euros la botella, virgen extra a 150, un kilo de pollo o de cerdo a 100 euros, un paquete de siete salchichas a 20 y una docena de huevos de la categoría más barata a 50. La lista viene envuelta en un reproche político —que si se hubiera votado de otra manera—, pero lo llamativo no es el reproche, sino la cifra.
Quien peinaba canas en 2008 ya vio algo parecido a pequeña escala: con el barril a
147,5 dólares, transportistas que dejaron de trabajar y estanterías de supermercado medio vacías. El susto duró semanas y nadie llegó a la cartilla de racionamiento.
El rearme silencioso y quién va al frente
Otra línea sostiene que el rearme ya está en marcha y no se anuncia: fábricas de armamento nuevas, líneas de misiles reabiertas tras años cerradas y una economía declarada en modo guerra en algún país de la zona. Son afirmaciones que se lanzan sin documentos a la vista, así que conviene tomarlas como lo que son, sospechas de quien mira los presupuestos con lupa.
Lo que sí tiene respaldo legal es la puerta de salida. La objeción de conciencia figura en el
artículo 30.1 de la Constitución como excepción al deber de defender España. El ordenamiento ya ha previsto que no todo el mundo empuñe un fusil.
Y luego está la pregunta incómoda: ¿quién va? Se repite que vayan los que viven del presupuesto, que los demás tienen trabajo y obligaciones. Es la vieja bronca de la igualdad ante el sacrificio, que reaparece siempre que el Estado pide esfuerzos.
¿Colapso tipo Mad Max o simple cambio de reglas?
El frente menos dramático es el energético. Se apunta que las palas de los aerogeneradores no son reciclables y que eso desmonta el cuento de las renovables. La réplica llega con números: los aerogeneradores modernos generan
más de cincuenta veces la energía que consumen en fabricarse, instalarse y operar, y ya se proyecta una planta de reciclado de palas.
En medio aparece un país vecino como refugio: Portugal, con campos fértiles para frutales, cereales y legumbres, y unas islas atlánticas que producen
un tercio de la leche del país entero, con margen para llegar a la mitad. El intercambio con un Brasil a tiro de piedra completaría el cuadro. La discusión, en el fondo, es si el colapso llega en horas o en meses. Casi todo apunta a lo segundo.
Con estos mimbres, lo tranquilizador es que de momento nadie ha lanzado un solo pepino. La guerra, si llega, será la excusa; el recibo ya lo tenemos.