policía pone en peligro la vida de un detenido

acabo de poner el video
eso con musica de fondo ahi dramatica
porque un poli se lleva a un detenido en la moto
y pone en peligro la vida de lo mas seguro un detenido que la habra liado

no se
tengo que llorar
sorprenderme o algo ?
 
SOBRE EL CUERPO POLICIAL

La policía es un cuerpo con luces y sombras: hay agentes que hacen bien su trabajo y otros que no. Me parece criticable que se ponga un uniforme, una pistola y una gorra y se crea con derecho a dar lecciones a todo el mundo.

Son trabajadores que se juegan el pellejo por un sueldo que apenas da para pagar el alquiler, con un trabajo estable y una placa. Su objetivo no es cambiar el mundo ni arreglar los problemas del país, sino llegar a los 65 años con una pensión y una vida tranquila.

Algunos se lo cuentan a sí mismos con épica, como si fueran una mezcla de Clint Eastwood y James Bond, cuando su mayor enemigo cotidiano es una impresora atascada y su mayor operación táctica consiste en aparcar el coche patrulla sin subirse a la acera.

Luego está el orgullo de cuerpo: algunos parecen convencidos de que ponerse el uniforme les transfiere automáticamente diez puntos de inteligencia y quince de valentía. La personalidad venía de fábrica en versión de prueba, pero la placa les ha desbloqueado el modo sabelotodo.

Y ahí los tienes, dispuestos a defender a capa y espada un sistema que ni siquiera les permite comprarse una vivienda con facilidad, convencidos de que han ganado la lotería porque tienen una nómina fija. Se juegan la vida por un sueldo corriente y encima algunos miran por encima del hombro a quien cobra lo mismo trabajando de noche, limpiando calles o descargando camiones.

La verdadera operación especial sería encontrar a uno capaz de distinguir entre obedecer órdenes y tener criterio propio. Eso sí que requeriría medios extraordinarios, entrenamiento intensivo y una unidad de élite.

En definitiva: mucho uniforme, mucho discurso sobre el sacrificio y mucho presumir de estabilidad laboral. Porque hay quien entra en la policía buscando servir a la sociedad y quien parece entrar buscando una identidad, una nómina a fin de mes y material para aburrir a los clientes del bar durante los próximos treinta años.

Y luego se extrañan de que la gente se ría. Si algunos se toman tan en serio a sí mismos que ni siquiera necesitan un humorista: basta con dejarlos hablar cinco minutos.
 
LA POLICÍA: LOS ÚLTIMOS DE LA CLASE, LOS PRIMEROS EN PONERSE LA PLACA Y LOS ÚNICOS QUE PARECEN TENER PATENTE DE CORSO

Lo de la policía francesa llevándose a un manifestante esposado, tumbado sobre una moto y colocado en posición fetal es una actuación muy cuestionable.

Tú ves la escena y no sabes si estás contemplando una detención, un secuestro organizado por aficionados, un paquete de Amazon mal embalado o el rodaje de una película de los Monty Python.

El agente ha conseguido convertir una intervención policial en una actividad de riesgo para el detenido, para él mismo y, probablemente, para cualquier aseguradora que tenga la desgracia de recibir el parte.

En las academias deberían proyectar el vídeo en bucle bajo el título Cómo convertir una detención rutinaria en una investigación de prevención de riesgos laborales.

El sospechoso va esposado, doblado como un pretzel humano, mientras el agente conduce con una tranquilidad admirable, como si estuviera transportando una bombona de butano. Solo faltaba que llevara una cuerda elástica para sujetarlo mejor y un organización incivil de «FRÁGIL, MANEJAR CON CUIDADO».

Y luego se preguntan por qué hay gente que pierde la confianza en determinadas actuaciones policiales.

Es que algunos parecen haber adquirido el sentido común de segunda mano, sin manual de instrucciones y con la garantía caducada.

LA UNIDAD DE ÉLITE DE LOS ÚLTIMOS DE LA CLASE

Yo siempre he sospechado que algunos cuerpos policiales tienen un procedimiento de selección secreto: reúnen a los alumnos de una clase, les hacen un examen de inteligencia y contratan a los que consiguen perderse buscando la salida del aula.

Al que suspende matemáticas le dan una calculadora. Al que suspende lengua le dan un formulario de denuncias. Al que suspende educación física le dan una moto. Y al que suspende sentido común le entregan una placa, una pistola y la responsabilidad de tomar decisiones en situaciones de estrés.

En toda clase hay uno que pregunta qué página toca después de que el profesor la haya escrito tres veces en la pizarra. Está el que entrega el examen en blanco porque no ha entendido el enunciado. Está el que se pasa las vacaciones recuperando asignaturas.

Pues bien, algunos de esos muchachos descubren que existe una salida profesional en la que pueden ponerse unas gafas de sol, cruzarse de brazos y adoptar una expresión facial que oscila entre la preocupación y el estreñimiento.

Y entonces ocurre la metamorfosis.

El antiguo alumno que necesitaba ayuda para dividir con decimales se convierte en un experto en seguridad ciudadana. El que no podía organizar una excursión escolar empieza a dirigir persecuciones. El que se perdía en el camino al gimnasio termina impartiendo lecciones sobre el orden público.

Lo que no consigue la educación lo consigue el uniforme: darle a un señor la confianza necesaria para hablar con absoluta seguridad sobre asuntos que quizá debería haberse pensado dos veces.

EL SENTIDO COMÚN ES EL GRAN AUSENTE EN ALGUNAS INTERVENCIONES

Lo preocupante no es que alguien cometa un error. Los errores los comete todo el mundo.

Lo preocupante es que una persona equipada con un arma, un vehículo potente y autoridad para intervenir sobre otros ciudadanos tome decisiones disparatadas y convierta una situación controlable en un peligro innecesario.

Porque cuando tú trabajas en una oficina y te equivocas, puedes mandar un correo a la persona equivocada.

Cuando te equivocas conduciendo un coche patrulla durante una persecución, puedes acabar estampado contra una farola, atropellando a alguien o poniendo en peligro a personas que no tienen absolutamente nada que ver con el asunto.

Y ahí ya no estamos hablando de una anécdota graciosa para contar en el bar.

Cuando una persecución termina con un vehículo policial siniestrado, disparos o peatones heridos, las preguntas sobre la actuación, los protocolos y los posibles controles de alcohol o drojas deben investigarse con rigor. Si hay una embarazada entre las personas afectadas, la gravedad humana del asunto es todavía mayor.

Porque al ciudadano corriente le piden explicaciones por cualquier infracción. Así que es perfectamente legítimo exigir transparencia cuando quien conduce un vehículo oficial protagoniza un incidente grave.

La placa no debería funcionar como un pase VIP para saltarse las preguntas incómodas.

Pero algunos parecen interpretar la autoridad de otra manera: «Yo soy quien hace las preguntas; a mí que no me pregunte nadie».

LA PATENTE DE CORSO: EDICIÓN POLICIAL

Un ciudadano normal se equivoca y le toca dar explicaciones.

Un conductor normal se estrella y tiene que aclarar qué ha ocurrido.

Un trabajador normal mete la pata repetidamente y su jefe empieza a preguntarse si el puesto le viene grande.

Pero cuando una actuación policial sale mal, lo mínimo exigible es una investigación independiente, explicaciones verificables y responsabilidades cuando correspondan.

La diferencia es que algunas personas parecen considerar cualquier crítica una afrenta personal a todo el cuerpo policial. Como si cuestionar una actuación concreta equivaliera a declarar la guerra a la humanidad.

Señores, una placa no es una bula papal.

No es un amuleto contra las críticas.

No convierte un mal procedimiento en uno bueno.

Y desde luego no hace que una decisión absurda se vuelva inteligente por el simple hecho de haberla tomado alguien con uniforme.

La autoridad no es un certificado de inteligencia.

Y lo de presumir de autoridad tiene su gracia.

Te encuentras con un individuo que en su vida civil no sería capaz de organizar una barbacoa sin discutir con tres vecinos, perder las llaves y quemar las chuletas. Pero le pones un uniforme y empieza a repartir instrucciones como si estuviera al mando del desembarco de Normandía.

En el bar ya no es Manolo, el que se olvidó de pagar el café el martes.

Ahora es el agente Rodríguez, especialista en operaciones tácticas, conocedor de la delincuencia internacional y consultor honorífico de geopolítica.

Ha detenido a dos personas, ha puesto cuatro multas y ha visto tres vídeos de persecuciones.

EL COMPLEJO DEL GIMNASIO: MÚSCULO, DEPILACIÓN Y GARRAPATAS

Y luego está la estética del héroe de acción.

Hay quien parece dedicar más tiempo a preparar la imagen de agente intimidante que a reflexionar sobre cómo intervenir correctamente.

Gimnasio, bíceps, barba perfilada, cabeza rapada, gafas de sol, botas relucientes y una expresión de pocos amigos que parece ensayada delante del espejo.

El entrenamiento de imagen va viento en popa.

La hipertrofia muscular avanza.

La depilación corporal alcanza cotas de precisión quirúrgica.

Las garrapatas que pudiera haber traído del campo han sido desalojadas mediante una operación conjunta de peluquería, pinzas y presupuesto extraordinario.

Este hombre no ha ansioso todavía de casa y ya se ha mirado al espejo catorce veces para comprobar si el chaleco le marca bien los hombros.

Se ha puesto de lado, ha tensado los abdominales y ha ensayado una mirada que transmite la sensación de que podría detener a un extremista violento internacional con solo preguntarle dónde ha aparcado.

Eso sí, si le cambian la contraseña del correo electrónico, necesita una comisión de investigación.

Que nadie malinterprete el chiste: entrenar está bien, mantenerse en forma es importante y la preparación física puede resultar esencial en determinadas intervenciones.

El problema es confundir los abdominales con el criterio profesional.

Tener bíceps no te concede automáticamente dos puntos extra de inteligencia, y llevar la cabeza rapada no sustituye a llevar las ideas claras.

Puedes tener el cuello como una columna romana y seguir tomando decisiones que harían llorar a una cabra.

Puedes levantar cien kilos en press de banca y no ser capaz de levantar una hipótesis coherente sobre lo que acaba de ocurrir delante de tus narices.

Puedes depilarte hasta las pestañas y continuar teniendo menos luces que un barco pirata.

EL PROBLEMA DE LA EXPERIENCIA: CUANDO APRENDES, YA ESTÁS PENSANDO EN JUBILARTE

La carrera profesional de algunos parece diseñada por alguien que nunca ha trabajado en su vida.

Al principio, eres joven, tienes energía y estás deseando demostrar que vales para el puesto. Te dan formación y empiezas a descubrir que la realidad no se parece demasiado a lo que imaginabas.

Después de unos años, ya conoces los procedimientos, entiendes mejor las situaciones y empiezas a distinguir una intervención complicada de una que no necesita convertirse en una película de acción.

Y cuando, por fin, parece que has adquirido experiencia suficiente para tomar decisiones razonables, empiezas a contar los años que te quedan para jubilarte.

El profesional comienza sin experiencia, la adquiere con el tiempo y justo cuando podría aprovecharla durante otros veinte años, empieza a mirar el calendario con más entusiasmo que un niño en Nochebuena.

En determinados casos, parece que el sistema te exige pasar media carrera aprendiendo a hacer el trabajo y la otra media esperando a dejar de hacerlo.

Eso sí, la nómina llega puntualmente.

Y no seré yo quien critique a nadie por querer una jubilación tranquila después de una carrera laboral. Todos tenemos derecho a descansar.

Lo gracioso es imaginar al agente que lleva treinta años contando los días para jubilarse mientras presume de ser un guerrero de élite. Si cada intervención le parece una epopeya, la jubilación debe de parecerle el tratado de paz definitivo.

Ha sobrevivido a los turnos, a los madrugones, a los malos cafés del cuartel y a las reuniones que podían haberse resuelto con un correo electrónico.

Ahora podrá dedicarse plenamente a su segunda profesión: explicar en el bar cómo se arreglaría España si le dejaran gobernar durante quince minutos.

EL SUELDO FIJO Y LA GRAN AVENTURA DE LA VIDA

Y aquí llegamos al elemento que une todas las piezas del puzle: la estabilidad laboral.

No hay nada malo en querer un sueldo fijo. Todo trabajador merece cobrar dignamente y regresar a casa sano y salvo.

Pero resulta cómico cuando alguien convierte su nómina en una medalla sarracena y empieza a mirar por encima del hombro a los demás.

Como si haber conseguido una plaza demostrara que eres más inteligente, más valiente y más útil para la sociedad que alguien que trabaja de noche, descarga camiones, limpia calles o se levanta cada mañana para ganarse el pan.

Hay personas que han montado negocios, levantado empresas, cuidado de familiares, trabajado en condiciones durísimas y sacado adelante a sus descendientes sin necesidad de llevar una placa.

Y luego tienes al campeón que ha conseguido aprobar un proceso selectivo y actúa como si hubiera descifrado los secretos del universo.

En el bar se sienta con la solemnidad de un ministro.

«Yo tengo mi plaza».

¿Y qué más sabes hacer aparte de recordarnos cada veinte minutos que tienes una plaza?

«Es que mi trabajo es muy sacrificado».

Por supuesto. Todos los trabajos tienen sus dificultades y algunos riesgos son especialmente graves. Pero el sacrificio profesional no convierte automáticamente a nadie en una autoridad sarracena sobre el resto de la población.

La sociedad necesita buenos policías, médicos, profesores, electricistas, mecánicos, agricultores y un montón de profesionales más.

Lo que no necesita es que nadie confunda su puesto de trabajo con una superioridad intelectual.

CONCLUSIÓN: MENOS PELÍCULA DE ACCIÓN Y MÁS SENTIDO COMÚN

Lo de la moto francesa debería hacernos reflexionar sobre algo más serio que el vídeo viral: cuando tienes autoridad, equipo y capacidad para poner a alguien en peligro, debes utilizar la cabeza antes que el ego.

No hace falta que cada intervención parezca una operación militar.

No hace falta transformar una detención en un espectáculo.

No hace falta interpretar cualquier crítica como un ataque personal.

Y no hace falta tener el aspecto de un comando de operaciones especiales para hacer bien un trabajo que exige preparación, responsabilidad y prudencia.

Porque un buen profesional es el que resuelve los problemas sin crear tres nuevos.

El que sabe cuándo actuar y cuándo detenerse a pensar.

El que acepta que puede equivocarse y responde por sus decisiones.

Y el que no necesita entrar en el bar contando que es el último bastión de la civilización para sentirse importante.

Al final, la verdadera unidad de élite no sería la de los tipos más fuertes, más rapados o más intimidantes, sino la de quienes tienen suficiente criterio para no convertir una intervención policial en un número de circo.

Y para crear esa unidad no hace falta comprar motos nuevas, ampliar el gimnasio ni encargar más uniformes.

Hace falta algo mucho más difícil de conseguir:

SENTIDO COMÚN, RESPONSABILIDAD Y LA HUMILDAD SUFICIENTE PARA ENTENDER QUE UNA PLACA NO TE HACE INFALIBLE.

Aunque, viendo ciertas actuaciones, quizá habría que empezar por una prueba mucho más básica:

Que el aspirante sea capaz de transportar un paquete sin ponerlo en peligro, conducir una moto sin convertirla en una atracción de feria y explicar sus decisiones sin recurrir a la frase «usted no sabe con quién está hablando».

Si supera las tres pruebas, pasa a la siguiente fase.

Si además consigue reconocer un error sin sentirse víctima de una conspiración contra su autoridad, recibe una medalla extraordinaria.

Y si consigue hacer todo eso manteniendo la calma, respetando al ciudadano y sin necesitar presumir de sus bíceps cada cinco minutos…

¡ENHORABUENA, HA NACIDO UN PROFESIONAL DE VERDAD!
 


Y no te falta razón. El paquete de Amazon llega mejor embalado que un detenido en esa moto: al menos al paquete le ponen el "frágil" y no le esposan las muñecas a un tubo de escape.

Lo que me hace gracia es la defensa automática del gremio. Que si el chaval habrá liado, que si la versión oficial, que si no juzguemos por veinte segundos de vídeo. Pues apliquemos la misma vara en todos los casos. Que ahí sí que vale cualquier recorte de móvil para condenar sin juicio.

El detenido va en posición fetal encima de un vehículo en marcha. Eso no es táctica, es un segurata jugando a los vaqueros con sirenas. Si al final se cae y se parte la crisma, ya sabemos cómo acaba: atestado, "el detenido opuso resistencia" y a absorber de la mutua.

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