Comer solo por 120€ al mes: recetas y la guerra de la carbonara
Un hombre que vive solo, no come pescado, apenas toca la verdura y ha decidido que no piensa congelar ni recalentar nada pregunta qué demonios come el resto. La respuesta llega en forma de receta: una bandeja de champiñones laminados, un brick de nata —o mejor leche evaporada—, dos cucharadas de queso crema, ajo, parmesano y espaguetis. Se sofríe, se liga, se mezcla y a comer. Es barato y llena.
Y desata un incendio.
La carbonara como campo de batalla
El problema no es la pasta, es el nombre. Cualquier cosa que lleve nata se acaba bautizando como carbonara, protesta la vieja guardia. Los defensores de la receta original recuerdan que esta no lleva nata, ni bacon, ni queso crema. La versión cremosa queda retratada como
carboñara patria para gordos de las harinas, y quien la defiende zanja el asunto apelando a su propio paladar. No hay consenso posible entre las dos trincheras y tampoco hace falta: el interesado confiesa que prepara tallarines a la carbonara una vez por semana y que piensa ampliar la receta con más champiñones.
El pliego de condiciones del que pregunta es lo que de verdad ordena el debate: cocina para uno, sin guisos enormes, con comida que aguante de un día para otro sin dar asco.
Qué recetas aguantan de un día para otro sin recalentarse
La respuesta más sólida está en la patata. Porrusalda, patatas riojanas, marmitako o patatas con costilla cumplen mejor que casi cualquier otra cosa: se hacen para dos o tres días y al segundo están mejor que recién hechas. Es el tipo de plato que no exige volver a encender el fuego ni pasar por el microondas.
La pechuga también entra. Se corta en rodajas de un dedo, se sella, se reserva y se termina en un sofrito de cebolla, ajo, pimiento y tomate triturado. El resultado queda jugoso incluso
tres días después en la nevera. En el mismo sofrito, sin pollo, se pueden escalfar huevos y resolver una cena distinta con la misma base.
Y luego está el caldo. Una carcasa de pollo, puerro, cebolla dulce, zanahoria, patata, apio, sal y dos litros y medio de agua dan para fideos el primer día, un litro al congelador para otro y una crema de verduras al siguiente. Tres comidas de un solo fuego.
Champiñones, arroz y huevo: el plato que más se repite
Hay una combinación que vuelve una y otra vez: champiñones sofritos con ajo, perejil, sal y pimienta, con un chorrín de vino blanco mientras se hacen, volcados sobre un arroz blanco. Con huevo, ya se ha comido. Es barato, rápido y no necesita acompañamiento. El risotto se cuela en la misma lista con la promesa de saciedad seria.
Las sopas de ajo se reivindican sin complejos: dos dientes de ajo, virutas de jamón con su tocino, pimentón de La Vera añadido fuera del fuego, rebanadas de pan empapadas en esa fritanga, azafrán, agua hirviendo y un huevo batido dentro.
Cena de pobre, dicen, pero muy rica, y se puede prescindir del jamón y sustituirlo por chorizo fresco.
El as bajo la manga son las verduras congeladas o en bote, esas que muchos miran por encima del hombro. Dos botes de judías verdes, uno de patata cocida y un sofrito de ajo resuelven una cena en diez minutos y por unos
2,50 euros.
¿Cuánto cuesta comer bien viviendo solo?
Aquí el intercambio se pone serio. Hay quien sostiene que comer con variedad, calidad y cantidad cuesta
200 o 250 euros al mes por persona y que no hay más, salvo que uno sea un estoico. La cifra se recibe con escepticismo.
La réplica llega con números: 120 euros al mes de alimentación, incluida la comida del gato, y todavía sobra dinero con un sueldo miserable. La lógica es sencilla: no se ahorra por necesidad, se ahorra porque no se gasta en porquerías, y con lo que cuesta una bolsa de patatas fritas y una botella de refresco se cocina un solomillo con champiñones.
La grieta está en el matiz: ahorrar por convencimiento no es lo mismo que autojustificarse porque no queda otra. Ahí el tono se endurece y nadie mueve ficha.
La guerra de las anchoas: Cantábrico contra l'Escala
La conserva abre otro frente. Una parte defiende las del Cantábrico, listas para comer, y recuerda que las de l'Escala hay que dejarlas en remojo con agua, lavarlas bien, quitarles la espina y aliñarlas con aceite antes de llevarlas a la boca. Otra parte describe estas últimas como de carne blanda, muy saladas y con espinas bastas, y asegura que anchoas baratas de supermercado le parecieron mejores. La respuesta desde el otro lado es un desplante: quien critica no tiene ni idea de conservas y come producto de baja calidad. Con unos pimientos del padrón al lado y sin sobras, la cena está resuelta, pero la paz no llega.
Entre las propuestas cuelan también el hígado de cerdo —carne barata, escasa en grasa y fácil de hacer a la brasa en dos minutos—, las tortillas rellenas de casi cualquier cosa y la parrilla eléctrica de resistencias al rojo que no suelta humo y se limpia en un momento por unos
30 o 35 euros.
Y en medio de todo eso, un dato descoloca: hay quien gasta
300 euros al mes en comer fuera dos o tres días por semana y sostiene que quien cocina en casa con 120 euros come mal. La sandía con mortadela que alguien propone como cena barata no ayuda a salir de dudas.