3.750 W de placas y la misma duda: ¿baterías o regalar excedentes?
Diez placas, 3.750 W de potencia pico, un inversor de 5 kW y ni una batería. Esa es la instalación que acaba de entrar en una vivienda de la costa almeriense, con un matiz que lo condiciona todo: hasta que Industria valide el papeleo —entre dos y tres meses, avisan—, los excedentes no se compensan. Y cuando llegue esa compensación, seguirá sobre la mesa la pregunta de siempre: ¿baterías físicas, batería virtual o asumir que una parte de lo generado se regala a la comercializadora?
El arranque: 3.750 W pico y dos o tres meses de espera
La instalación es modesta y muy común: diez módulos de 375 W y un inversor de 5 kW, por encima de la potencia de los paneles. El propietario lo tiene claro en la teoría —concentrar el consumo en las horas centrales del día, cuando la producción es máxima— pero admite el límite de la teoría: siempre sobrará energía, y por cada kWh vertido a la red se paga bastante menos de lo que cuesta comprarlo. La conclusión, en sus propias palabras: el excedente
se cuasi-regala.
A esa foto se añade un detalle de escala. Diez módulos de 375 W suman
3.750 W, pero esa cifra es de laboratorio: según apunta un participante, en la calle un día bueno y despejado rara vez supera el 80 % de ese máximo y, en verano, con la placa a 60 grados, produce menos que la misma placa en otoño a 25 grados.
¿Cuánto tarda en amortizarse una batería? El cálculo que da seis años
Aquí empieza la división. Un cálculo que circula entre quienes defienden el almacenamiento: una batería de 5 kWh cuesta unos 3.000 euros; con subvención, un sistema de 4,5 kWh se queda en
2.000 euros. Como nunca se carga ni descarga al 100 %, cuenta con unos 0,9 euros de ahorro diario, unos
328 euros al año. Total: amortización en aproximadamente seis años. El mismo mensaje añade que usar el kWh de la batería en lugar de inyectarlo y comprarlo después supone un diferencial de
20 céntimos como mínimo —suponiendo que paguen 15 céntimos por el kWh vertido—, y que el precio de la energía comprada de noche, con el tope del gas en unos 0,13 euros por kWh, se va por encima de los 35 céntimos con impuestos.
De ahí que media docena de voces coincidan en lo mismo: sin un año de producción medida, hacer números es adivinar. El propio instalador,
tirando piedras sobre su propio tejado, ya avisó de que las baterías no compensan.
Batería virtual: saldo en euros o en kWh, pero con comisiones
Apuntarse a una batería virtual exige, según un participante, tener la instalación legalizada; sin ese trámite no lo aplican. El mecanismo lo ofertan Próxima Energía, Lidera, Helios, Factor Energía, Tempo Solar o Esmiluz, entre otras. La idea: los excedentes se acumulan en una cuenta para gastarlos después, cuando no se produce.
El truco está en la unidad de esa cuenta. Casi todas guardan saldo en euros, no en kWh, con lo que la diferencia entre el precio al que compran y al que venden se mantiene intacta. Esmiluz es la excepción que acumula kWh, aunque su reputación como empresa joven y lenta en responder frena a más de uno. Y encima, la letra pequeña: un 7 % de comisión más tres tasas —gestión de excedentes, gestión de batería virtual y consumo—, unos
9,38 euros.
Los números de una instalación real: 7.914 kWh generados
Frente a las estimaciones, un caso medido. Una casa con 6 kW instalados, todo eléctrico, cerró el periodo del 1 de enero al 8 de septiembre con
7.914 kWh generados: 3.734 consumidos y 4.180 vertidos a la red. De la red compró 4.801 kWh, más de lo que generó. Resultado: unos 20 euros al mes de factura, salvo febrero, que se fue a 40. El tope del gas aún no había llegado a esa factura.
El dato descoloca a quien asume que una instalación solar desconecta de la red. No lo hace ni de lejos: el consumo propio de ese hogar cubrió menos de la mitad de lo generado.
Minería de criptomonedas y acumuladores: las alternativas que se caen
Dos ideas más sobre la mesa. La minería de criptomonedas con la energía diurna gratis se tambaleaba ya en el propio hilo: uno de los participantes advirtió de que Ethereum estaba a punto de pasar a
prueba de participación y dejar de minarse, con lo que el supuesto beneficio neto garantizado se quedaba sin su activo principal. La segunda, los acumuladores de calor, no encaja en la costa almeriense, donde la calefacción se enciende con suerte un par de veces al año.
Lo que sí aparece con fuerza es una tercera vía: no verter nada. Según una de las propuestas del hilo, un dispositivo
antivertido corta la producción cuando lo generado supera lo consumido, de modo que el 100 % se aprovecha en casa —aerotermia, suelo radiante, termos sobredimensionados, un coche eléctrico— y se evita entrar en el juego de comprar caro y vender barato. En Brasil, apuntan, la compensación llega a cruzar consumos de distintas viviendas; aquí, no.
El detalle que ficha la producción: subvención a cambio de monitorizar
Hay un fleco que pocos miran antes de firmar. El
Real Decreto-ley 29/2021 y las normas autonómicas que reparten las ayudas exigen que toda instalación subvencionada cuente con un sistema de monitorización de la energía producida. Traducido: un aparato que envía a la compañía lo que generan tus placas. Ese es, para algunos, el peaje real de la subvención del 70 %: el
chocolate del loro a cambio de quedar fichado.
El dato que descoloca
Cualquiera de las dos cuentas —seis años o nunca— depende de un precio que nadie controla y de un sol que en invierno produce la mitad. Con esos mimbres, buena parte del hilo concluye que la instalación se amortiza antes que unas baterías.