La pizpireta insuperable: de la belleza natural a la cosificación digital
Kawena, bailarina de danzas típicas de Tahití, apareció en una conversación digital descrita con precisión casi clínica: sonrisa, tersura, melena salvaje, sin tatuajes, sin silicona, sin “culo hormiga”. El retrato ensalzaba su alegría y su naturalidad, con el añadido de un olor a coco y vainilla que remitía a una fantasía idílica. El idilio, sin embargo, duró lo que tardó en llegar la primera réplica.
El elogio que se convirtió en inventario
La discusión derivó de inmediato hacia una inspección anatómica y una jerga —“good pieces” y otros términos que no pueden reproducirse aquí— que reducía a la bailarina a un inventario de partes. Incluso se cuestionó su disposición reproductiva en términos que no vienen al caso. El lenguaje, en apariencia lúdico, esconde una operación simbólica: la mujer elogiada por su belleza natural pasa a ser propiedad de la conversación.
El arquetipo de la pizpireta y su doble filo
El término “pizpireta”, que tradicionalmente aludía a una mujer viva y coqueta, se ha convertido en estos espacios en una etiqueta estética: la chica natural, sin retoques, que según la ortodoxia digital resulta “insuperable”. El adjetivo del título, “IN-SU-PE-RA-BLE”, no carece de ironía: la misma mujer que se elogia por su ausencia de artificio es inmediatamente convertida en objeto de una conversación soez.
El caso de Kawena no es un incidente aislado. Forma parte de un patrón en el que el supuesto aprecio por la belleza natural se transforma en una forma de propiedad simbólica. La pregunta incómoda no es cuántos comentarios han caído en la cosificación, sino por qué estos espacios siguen considerándola un comportamiento aceptable. Esa es la batalla que, a la fecha, está lejos de resolverse.