Wagner marchó sobre Moscú y el relato sigue sin decidirse
¿Fue el motín del Grupo Wagner una jugada maestra de Vladimir Putin o el mayor signo de debilidad de un líder ruso en décadas? Las dos lecturas circulan desde el primer minuto y ninguna termina de encajar. Una sostiene que un ejército privado marchó sobre la capital y dejó al descubierto la fragilidad del poder central. La otra, que todo fue un guion pactado entre el Kremlin y el jefe de los mercenarios para reforzar al presidente. Los hechos, mientras tanto, se resisten.
La marcha sobre Moscú que nadie frenó
Una columna de mercenarios de Wagner tomó una ciudad de
un millón de habitantes y avanzó hacia la capital rusa sin encontrar apenas resistencia. El convoy se detuvo a unos
200 kilómetros de Moscú. En el camino cayeron helicópteros rusos con sus pilotos dentro y hubo unidades militares cavando trincheras para cortarle el paso a otros rusos. Ese es el retrato básico, y coincide en las dos versiones que compiten por explicarlo.
Lo llamativo del cuadro no se le escapa a nadie: un grupo armado privado, sin aviación ni logística de Estado, desfilando por una carretera
en fila india hacia la capital de una potencia nuclear. La comparación que circula es la de una afición que cabe holgada en un estadio de Segunda un domingo cualquiera. La pregunta lógica —por qué no los frenó nadie— sostiene toda la polémica.
La tesis del teatro: un guion pactado entre Putin y Prigozhin
Aquí aparece la versión que más incomoda. El jefe de Wagner y el presidente ruso siempre fueron
uña y carne, sostiene esta lectura, y lo ocurrido no sería un motín sino una función. El argumento central: Putin rara vez habla en público de guerra civil, y sin embargo ese día apareció visiblemente enfadado mientras el otro lado tomaba té y hablaba de marchar sobre Moscú. Si la amenaza hubiera sido real, dicen, ¿por qué no cayó un bombardeo sobre la columna?
A esa lectura se suman gestos que se interpretan como una purga encubierta: reajuste del Estado Mayor, entrada de los halcones y un aviso a la OTAN desde la frontera bielorrusa. Y el respaldo posterior de actores que no suelen coincidir con el Kremlin. El Partido Comunista ruso, que llevaba tiempo criticando la tibieza de Putin y pidiendo movilización total, cerró filas. El Patriarca Cirilo llamó a apoyar incondicionalmente al presidente. El líder checheno reconoció que él solo ve una parte del cuadro.
Los números que no encajan con la genialidad
El problema de la tesis del teatro es que exige creer que una humillación refuerza. Quien cede ante un motín —a las pretensiones de cargarse al ministro de Defensa, limpiar el Estado Mayor y prometer que cuidará de los hombres del rebelde— no sale más fuerte, sale retratado. Se ha descrito como la
mayor imagen de debilidad de un líder ruso en mucho tiempo, y desde luego no es el mejor escaparate para un ejército que se supone invencible.
La otra pieza incómoda es el coste humano. Si todo estaba planificado por una mente superior, cuesta explicar, según este argumento, por qué han muerto
decenas de miles de rusos en las trincheras del este de Ucrania mientras en occidente las bajas se cuentan casi a cero. Ese balance no encaja con un guion pensado para el prestigio.
¿Por qué montar un circo con tantos enemigos dentro?
Ningún líder que afronta una guerra larga y carísima se permite un espectáculo así teniendo detrás a tanta gente con ganas de verle caer. Es la duda que más se repite. El episodio dejó además una pregunta abierta: qué hará ahora Wagner. Sus hombres no ocultan su desacuerdo con la guerra, y una parte del análisis sostiene que el giro es en realidad malo para Ucrania, porque anticipa un endurecimiento en Moscú y una cúpula más dura.
El repliegue tampoco está nada claro. Para unos, el jefe de Wagner aceptó el exilio y el desmantelamiento de su grupo: un final muy a la baja para quien había llegado a desafiar al Kremlin. Para otros, la estructura sigue intacta, ahora en Bielorrusia y a unos
100 kilómetros de Kiev, lo que cambia el mapa de amenazas para Ucrania. Las dos cosas no pueden ser verdad a la vez, pero las dos se defienden con la misma seguridad.
Lukashenko, el 23F y la batalla del relato
En el desenlace aparece un mediador difícil de explicar: el presidente bielorruso, descrito como pieza alineada con Moscú, dando cobijo al jefe de los mercenarios. Si es un títere de Putin, ¿qué fuerza tiene para tutelar semejante acuerdo? La comparación recurrente es la del
23F: un actor armado que se subleva, fracasa y queda como parodia.
Mientras tanto, hay quien sostiene que el relato occidental se quedó sin su guion de desenlace en apenas
24 horas, y que eso ya lo han notado hasta los medios que prometían el hundimiento ruso. Si todo fue una función, alguien se olvidó de avisar a los pilotos de los helicópteros derribados. Pero eso tampoco prueba nada, que es exactamente lo que le conviene a un relato: cuanto menos se sabe, más se puede contar.