Ayuso y los incendios: el relato que nadie quiere cuadrar
Las leyes ambientales se han convertido en el chivo expiatorio de un problema de gestión forestal que lleva décadas gestándose. La Red Natura 2000 –ese entramado normativo que protege hábitats y aves– es señalada por impedir labores básicas de limpieza del monte: cortafuegos, retirada de pasto muerto, quema controlada. Los agricultores y ganaderos, que antes actuaban sin permiso, se enfrentan ahora a un laberinto burocrático. La paradoja es que, mientras se multiplican las restricciones, el combustible vegetal se acumula y arde con más virulencia.
El foco político, sin embargo, se ha desviado hacia la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso. La pregunta recurrente es si debería dimitir tras los últimos incendios forestales. Quienes la defienden arguyen que la competencia es estatal en materia de normativa ambiental; sus críticos, que ha priorizado el discurso frente a la gestión. Pero hay un dato incómodo: en España casi ningún político dimite. La cultura del “no pasa nada” es transversal, y Ayuso –como el resto– lo sabe.
La trampa de la Red Natura 2000
El problema de fondo es económico: la inacción forzada por la burocracia tiene un coste en vidas, viviendas y patrimonio. Los pequeños pueblos no tienen maquinaria ni personal; las empresas forestales se ahogan en evaluaciones de afecciones. Mientras tanto, el monte se convierte en yesca. La solución no pasa por dimisiones, sino por revisar un marco regulatorio que penaliza la prevención. Pero, claro, eso no vende titulares.
¿Alguien dimite en España?
La pregunta retórica que recorre todos los debates es la misma: en este país no dimite ni Dios. Da igual que el incendio sea devastador o que la gestión haya sido errática. El escudo del “relato” –ya sea cambio climático, Franco o la oposición– funciona siempre. Ayuso, con su estilo directo, sabe que mientras mantenga el pulso mediático, su sillón está seguro. Ironías de una democracia donde la rendición de cuentas es opcional.