Los 'portales orgánicos': la teoría que asegura que la mayoría no tiene alma
Si vive en una ciudad de tamaño medio, el cálculo que circula desde hace años le dirá que la mayoría de la gente con la que se cruza no tiene alma. No es una metáfora sobre la falta de empatía. Es la tesis de un corpus esotérico que mezcla a Gurdjieff, Mouravieff, las transmisiones de los Casiopeos y cierta divulgación de YouTube: los «portales orgánicos», personas que serían vehículos vacíos, incapaces de sentir nada profundo, que al morir se disuelven en un fondo común de energía.
Las cifras son lo de menos, pero ayudan a dimensionar el fenómeno. El artículo original hablaba de la mitad de la población. Parcerisa, uno de los divulgadores más citados, sube al 75%. Otras fuentes del circuito llegan al 70-85%. Y la corriente taygeteana, una escisión de la ufología, sostiene que cuatro de cada cinco personas son «no reales», hologramas sólidos generados por una matriz.
De Gurdjieff a los Casiopeos: el árbol genealógico de la idea
El concepto no nació en YouTube. En el círculo de Gurdjieff y Ouspensky ya estaba la distinción entre «hombres mecánicos» y seres con posibilidad de desarrollo interior. Boris Mouravieff, que escribió sobre el cristianismo esotérico, introdujo la noción de una humanidad «pre-adámica» anterior a Adán, un término que en el debate se maneja como categoría espiritual, aunque no siempre se libra de derivas espurias.
La versión moderna llega a través de Laura Knight-Jadczyk y sus Casiopeos, la fuente canalizada que en los años 90 mezcló física cuántica, gnosis y conspiración. De ahí salen los «portales orgánicos»: seres que nacen sin alma, o que la perdieron, y que serían manejados por entidades desencarnadas.
Del 50% al 85%: la inflación de la cifra
La horquilla es tan ancha que despierta sospechas hasta entre los creyentes. El texto de Carissa Conti y Montalk, fechado en noviembre de 2002, describe el comportamiento de estos sujetos: conducta convincente y superficial, narcisismo, mentalidad de rebaño, incapacidad para el pensamiento independiente. También les atribuye una «alimentación energética» a costa de quienes sí tienen alma.
La cifra inicial del 50% se quedó corta para el mercado de la conspiración. En los vídeos de Parcerisa y otros canales el porcentaje escala hasta el 75% y el 85%. La versión taygeteana, con su matriz de hologramas, remata con el 80%. A esta inflación se le puede aplicar la misma lógica que a cualquier burbuja: cuanto más grande es el grupo de los «vacíos», más pequeño y perseguido resulta el de los «despiertos». Lo cual, visto con ironía, refuerza el relato que quiere venderse.
El choque con la psicología clínica y el escepticismo
La teoría tiene una intersección incómoda con la psicopatología. Los rasgos que se atribuyen a los portales orgánicos coinciden sospechosamente con el trastorno antisocial y el narcisismo. La discusión, de hecho, acaba enzarzada entre quienes ven ahí una doctrina gnóstica peligrosa, quienes la consideran una metáfora útil y quienes la rechazan por completo: «No puede haber personas sin alma», resume la postura más taxativa. «El ánima es cosa de vida y el espíritu de vida consciente, luego de persona».
También hay quien la lee como un espejo de la alienación contemporánea. Que en plena era digital se recurra a los «NPC» o «PNJ» para nombrar a quien no reacciona como esperamos dice más de nuestra relación con la tecnología que de un supuesto déficit de alma.
El curioso detalle del chacra del pecho
Una de las aportaciones más comentadas del corpus es que los seres con alma recargan energía durante el sueño a través del centro del pecho, no del chacra sexual como se decía al principio. Eso ha llevado a algún analista a vincular la teoría con el fenómeno de la parálisis del sueño y con los súcubos del folclore medieval, que se posaban sobre el pecho de sus víctimas para drenarlas. La erudición no tiene desperdicio, aunque la base científica brille por su ausencia.
Lo único que se parece a ciencia en esta historia es un estudio del Instituto de Biología Evolutiva de la UPF/CSIC sobre por qué todos tenemos un doble, citado como presunto respaldo. No lo es: la investigación habla de parecidos faciales, no de almas de repuesto.
Si la mayoría de quienes le rodean son vehículos sin alma, ¿quién queda para contarlo? Quizá la respuesta importe menos que el espejo que el mito pone delante de quien lo repite.