La lista de las voces que no caben en los grandes medios
¿Cuántos nombres con algo que decir se quedan sin micrófono por no encajar en el guion? En diciembre de 2016 arrancó una recopilación de personas que, según sus impulsores, están vetadas o silenciadas en los grandes medios pese a seguir activas en internet. La lista no ha dejado de crecer con nuevas aportaciones.
El punto de partida era una tesis rotunda —«no vivimos en una democracia, no hay libertad de pensamiento»— y un método simple: añadir nombres, enlaces y una justificación de por qué cada uno habría sido apartado. El resultado es un catálogo heterogéneo donde conviven juristas, filósofos, economistas, historiadores y periodistas.
Qué perfiles entran en el listado
El primer bloque lo dominan pensadores: el jurista
Antonio García-Trevijano, teórico de la libertad constituyente y fundador del MCRC; Carlos Taibo, divulgador del decrecimiento; el filósofo Gustavo Bueno, fallecido en 2016 según el propio recuento; o Dalmacio Negro, católico antiestatista. A ellos se suman el ensayista Antonio Escohotado y el gramático Agustín García Calvo, muerto en 2012 y que, según el listado, no era vetado sino que se negaba a pisar platós.
Hay también una nutrida representación de comunicadores: Pío Moa, Enrique de Diego, Federico Jiménez Losantos, César Vidal, José María García, Serafín Fanjul o Javier Esparza. Y una categoría que reaparece en casi todas las incorporaciones posteriores: cualquiera que critique la ideología de género, como la profesora Alicia Rubio.
Bienvenido al club: si tu tema molesta, tu nombre entra.
Los economistas críticos y el caso Centeno
El apartado económico tiene miga. Aparecen Vicenç Navarro y Juan Torres, habituales del discurso del Estado del bienestar, junto a Eduardo Galeano, descrito como ignorado de forma sistemática pese a su fama editorial. El nombre que más veces se repite es el de
Roberto Centeno, ingeniero y economista crítico con la élite política y empresarial, señalado en el listado por asesorar al equipo de Donald Trump.
La paradoja la subrayan los propios participantes: a Centeno se le atribuye capacidad de hacer arder un plató de máxima audiencia y, a la vez, se le niega ese plató. Quien quiera ver el desglose completo —quién entra, con qué argumento y qué enlaces acompañan cada ficha— tiene en la recopilación original un material que no aparece en las hemerotecas.
El caso de Carmen Serrano y las denuncias falsas
Uno de los episodios más citados es el de la periodista de TVE
Carmen Serrano. Según el relato de la lista, en su espacio matinal habló de denuncias falsas y, al día siguiente, la dirección de RTVE fue llamada a comparecer en el Congreso. Su programa no volvió. Es el ejemplo que se usa para sostener que en lo público no hay margen para según qué temas.
Juan Ignacio Blanco apunta en la misma dirección: periodista apartado de los grandes medios tras su investigación del crimen de Alcácer, hoy localizable en un pódcast de una radio local. Ahí sigue.
Negacionismo, conspiraciones y el límite del listado
No todo lo que aparece resiste el mismo escrutinio. La recopilación incluye a un librero señalado por negacionismo del Holocausto, a un autor mexicano vinculado al revisionismo de la Segunda Guerra Mundial y al historiador David Irving, tesis que carecen de respaldo histórico y que el artículo no avala. También figuran perfiles asociados a teorías conspirativas, como Thierry Meyssan o Rafael Palacios, y al meteorólogo John Casey, defensor de un enfriamiento global que la evidencia no sostiene.
En el extremo opuesto, el listado coloca a
Alejandro Cao de Benós, el único extranjero que, según el propio texto, trabaja para la República Popular Democrática de Corea. La mezcla dice mucho del método: cabe casi todo lo que el prime time no toca.
Del veto al «vacunado»: el argumento cambió
La conversación no se quedó quieta. Años después aparece una tesis distinta y bastante más incómoda: que el sistema ya no necesita vetar ciertos debates porque ha aprendido a digerirlos. La llegada de un partido estatal posicionado en esos temas habría convertido la disidencia en un producto televisable e inofensivo para el poder. «El estado se ha vacunado», resume uno de los participantes.
Es la evolución más interesante de todo el listado: de denunciar el silencio a detectar la absorción. El veto clásico habría mutado en una versión más barata, la del disidente tolerado y rentabilizado.
¿Censurados o autoexcluidos?
La respuesta depende de a quién se pregunte. Frente a quienes ven una mano que decide quién entra en el plató, otra corriente sostiene que muchos de esos nombres están tan alejados del sistema y lo atacan con tal intensidad que resulta imposible llevarlos al horario estelar. O, directamente, son ellos los que se alejan. La duda no se resuelve en ninguna parte.
Y en el fondo late una sospecha incómoda para el oficio: que el argumento comercial de «la audiencia» lleve tiempo siendo excusa, sobre todo cuando buena parte de los señalados reúne en internet más público del que logran algunos contertulios de cadena generalista.
La recopilación sigue abierta. La pregunta ya no es quién falta, sino si alguien será capaz de demostrar que la televisión llamó alguna vez a todos los que caben en la lista. Da la sensación de que esa prueba la vamos a echar en falta bastante tiempo.