Santander: 24.000 perros y 48.000 deposiciones diarias en sus playas
El Ayuntamiento de Santander decidió permitir el acceso de perros a sus playas más emblemáticas. La medida, presentada como un avance en convivencia animal, se ha topado con una realidad fecal que algunos comparan con las calles de la India. Según datos del censo municipal, hay 24.000 perros registrados en la ciudad. Si cada uno defeca dos veces al día, la cifra asciende a 48.000 deposiciones diarias. No todas acaban en la arena, pero la percepción de muchos bañistas es que las playas se están convirtiendo en un vertedero canino.
El problema no es el perro, es el dueño
La mayoría de propietarios recogen los excrementos, pero basta una minoría para generar un problema sanitario y de imagen. En el debate subyace la experiencia de las aceras de las ciudades, donde la presencia de heces se ha normalizado pese a las ordenanzas. La pregunta es si en la arena ocurrirá lo mismo. Los defensores de la medida argumentan que las playas para perros con vigilancia y sanciones pueden funcionar, como en otras ciudades europeas. Los escépticos recuerdan que en Santander ya hay calles convertidas en «merderos» y que la presión de los dueños acabará por relajar las normas.
Gijón sigue el mismo camino
Mientras Santander lidia con las consecuencias, Gijón prepara la reapertura de su playa de San Lorenzo a los perros, según adelantó El Comercio en septiembre de 2025. La noticia ha sido recibida con cautela por quienes temen que el problema se extienda por todo el Cantábrico. La industria turística de estas ciudades depende de la calidad de sus arenales, y una playa con heces no es precisamente un imán para visitantes.
Una cuestión de civismo y salud pública
Más allá de la estética, el riesgo sanitario es real. Las heces de perro pueden contener parásitos y bacterias que afectan a niños y adultos. La conocida como «enfermedad del gusano del perro» es solo un ejemplo. En un contexto donde la obsesión por la higiene convive con la tolerancia a la suciedad canina, la contradicción es evidente. La decisión final dependerá de si los dueños asumen la responsabilidad o si, como en las aceras, la falta de civismo acaba imponiéndose.
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