Ceuta y Melilla: el valor estratégico que la discusión superficial ignora
La controversia sobre la cesión de Ceuta y Melilla ha vuelto a la primera línea política. La discusión, que ha saltado de los despachos oficiales a la opinión pública, enfrenta a quienes consideran que son una carga inútil y quienes ven en ellas la llave del Estrecho. Entre medias, hay propuestas que van mucho más lejos.
La historia como argumento
El pasado juega a favor de la permanencia. Los romanos ya hablaban de la Hispania Tingitana, los visigodos mantenían ciudades al otro lado del Estrecho -el gobernador de Ceuta, don Julián, fue el traidor que facilitó la entrada musulmana en 711- y los reinos cristianos pactaron en el Tratado de Monteagudo (1304) ampliar sus conquistas hasta el río Muluya. Esa herencia histórica es la que esgrimen los defensores de la soberanía española para responder a la pregunta clave: ¿por qué conservar dos ciudades que, sobre el papel, no aportan recursos naturales ni riqueza?
El Estrecho como botín geopolítico
La respuesta estratégica es contundente: Ceuta y Melilla no son dos rocas cualquiera. Ceuta domina la orilla sur del Estrecho de Gibraltar, uno de los corredores marítimos más transitados del planeta. Controlar ambas márgenes supone tener la llave del tráfico entre el Mediterráneo y el Atlántico. En un escenario de bloqueo, como el que ya ha ejemplificado Irán en el golfo Pérsico, quien posea el Estrecho tiene un arma de presión formidable.
Del estado tapón a la guerra total
La discusión, sin embargo, no se queda en la defensa. Hay quien aboga por pasar a la ofensiva: reconocer la independencia del Rif, una región con identidad propia que nada quiere saber de Marruecos, y crear un estado tapón que frene la inmigración y sirva de socio económico. La idea suena a realismo mágico geopolítico, pero tiene adeptos. Otros proponen medidas más duras, como la construcción de centros de internamiento estilo CECOT en las dos ciudades o una franja de seguridad de 100 kilómetros en la costa marroquí.
En el otro extremo, hay quienes creen que ceder es comenzar el fin. La analogía con Texas (1800-1835), cuando España y México no frenaron la colonización anglosajona, se repite como advertencia: si se entrega Ceuta y Melilla, lo siguiente serán Canarias y, a la postre, la propia supervivencia del país. Un sacrificio de hasta un millón de españoles, en el peor de los casos, se considera justificado para evitar la desmembración.
La cuestión está lejos de cerrarse. Entre la defensa histórica, la tentación ofensiva y el miedo a la cesión, hay un punto ciego: nadie explica qué se gana realmente con dos ciudades que generan problemas migratorios y tensiones constantes con el vecino del sur. Mientras tanto, el Estrecho sigue siendo el mejor argumento tácito para no soltarlas.