Opinión: Pérez-Reverte y su último artículo: ¿nos culpa a nosotros?

Pérez-Reverte y su último artículo: ¿nos culpa a nosotros?
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Arturo Pérez-Reverte defiende que los disturbios callejeros no se explican solo por la pobreza, sino por un resentimiento fabricado por una sociedad que promete éxito y reparte fracaso. Su tesis mezcla un diagnóstico lúcido con una conclusión discutible: culpar a la "factoría de deseos" no exime a quien quema un coche.

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Arturo Pérez-Reverte defiende que los disturbios callejeros no se explican solo por la pobreza, sino por un resentimiento fabricado por una sociedad que promete éxito y reparte fracaso. Su tesis mezcla un diagnóstico lúcido con una conclusión discutible: culpar a la "factoría de deseos" no exime a quien quema un coche.

El escritor Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a terciar en el debate sobre la violencia callejera con un artículo en el que sostiene que los disturbios no se explican únicamente por la pobreza ni por la condición de inmigrante de quienes los protagonizan. Su tesis central es que Europa fabrica en serie individuos para quienes romper algo es la única forma de existir, y que esa fábrica no está en las periferias ni en las fronteras, sino en el corazón de lo que llama nuestra contradictoria factoría de deseos y rencores.

El texto arranca con una evocación personal: hace veinticinco años escribió un artículo titulado La mochila y el currículum, tras cruzarse con un joven que repartía fotocopias con su título universitario en la mano. Entonces se preguntó cuándo ese chico llevaría en la mochila un cóctel molotov en vez de un currículum. Ahora, dice, ya lo sabe. La imagen es potente y resume bien el hilo argumental: la promesa incumplida como combustible de la rabia.

La promesa rota del ascenso social

Pérez-Reverte describe un trato que parecía fácil: estudia, trabaja, paga impuestos y tendrás casa, familia y un mes en la playa. No era el paraíso, concede, pero parecía posible. Hoy, añade, puedes tener título universitario y ser mensaka de Amazon. La palabra mensaka se refiere al repartidor de mensajería, un empleo que en España encadenan miles de titulados universitarios con contratos precarios.

El diagnóstico tiene sustento empírico. La tasa de paro juvenil en España se ha movido en torno al 30% durante la última década, según datos de la Encuesta de Población Activa que publica el INE. La temporalidad y la sobrecualificación afectan a una parte considerable de quienes terminan estudios superiores. El escritor no cita cifras, pero su descripción del desajuste entre formación y empleo conecta con una realidad documentada.

Su tesis va más allá de la pobreza. Sostiene que millones de personas pobres trabajan, cuidan de los suyos y aguantan humillaciones con dignidad. Lo que explica la violencia, según él, no es carecer de algo, sino creer que te lo roban. La distinción entre pobreza y certeza de estafa es el eje de su argumento. Y añade un elemento contemporáneo: los escaparates y las redes sociales muestran a diario lo que nunca tendrás. Un chaval de barrio desayuna viendo cómo otro de su edad despierta en una mansión de Dubái, conduce un Ferrari y comparte piscina con una influencer. El mensaje, dice, es claro: esto es el éxito, espabila o jódete.

Rebelión sin utopía: el diagnóstico del resentimiento

Una de las aportaciones más sugerentes del texto es la distinción entre el revolucionario clásico y el amotinado actual. Los revolucionarios de antaño, escribe, tenían ideas: querían cambiar un orden por otro, aunque a menudo parieran monstruos. Ahora es distinto. No asaltas el Palacio de Invierno, incendias el concesionario de automóviles y saqueas la tienda de ropa cara. No buscas el poder, sino darle por saco, humillarlo un rato. Es rebelión sin utopía, cólera que ni siquiera aspira a ganar.

Esa caracterización encaja con lo que la sociología ha descrito en disturbios urbanos recientes en Europa. Los saqueos a comercios de lujo y las quemas de contenedores no persiguen un programa político, sino una visibilidad momentánea. Pérez-Reverte lo formula con crudeza: quien no es nadie se siente protagonista cuando el miedo y la expectación ajenos conceden el poder que la vida te negó. Las víctimas, subraya, son vecinos modestos y pequeños comerciantes. El rencor, añade, no es una escuela de pensamiento crítico: dispara a bulto.

El escritor rechaza las explicaciones tribales. Unos señalan a los inmigrantes, otros a la ultraizquierda, otros a la ultraderecha, otros descubren una conspiración internacional. Cada uno elige culpables y se adorna con media verónica de superioridad moral, escribe. Su respuesta es que los protagonistas de los disturbios no se bajaron ayer de una patera: nacieron aquí, estudiaron en escuelas y aprendieron a desear lo que todo el mundo. Los hemos criado nosotros, concluye, y su frustración está moldeada por la Europa donde crecen y fracasan.

El espejo de los ciudadanos ejemplares

El artículo no se detiene en los violentos. Pérez-Reverte extiende la crítica a lo que llama la feria del odio de los ciudadanos ejemplares, esos que no queman contenedores pero participan en una conversación pública llena de tribus, enemigos y resentimiento. Millones de personas seguras de que su felicidad depende de la desgracia de otros. Los partidos políticos, ese negocio donde medra tanto inútil sinvergüenza, saben que el rencor da más votos que las soluciones, sostiene.

La simetría que traza es incómoda: unos queman coches y otros envenenan redes sociales. Como respuesta, la liga del garrote pide policías, leyes y cárceles; los del buen rollito exigen proyectos subvencionados, seguros de que tres banderas republicanas y una maratón solidaria disuelven décadas de mala leche. La ajena, claro. Nunca la propia. Aquí el texto abandona el análisis y entra en el terreno de la opinión política, y lo hace sin aportar datos que respalden la equivalencia entre violencia callejera y retórica en redes.

Donde el diagnóstico se vuelve más sólido es en la recta final. No asistimos a la destrucción por hordas salvajes de una sociedad civilizada, escribe, sino a la prueba de que ésta produce ciudadanos incapaces de encontrar sitio en ella. Reconoce que pueden reducirse desigualdades, abaratarse la vivienda, mejorarse las escuelas y combatirse la discriminación, y que cada una de esas medidas cambiará vidas. Pero una cosa es aliviar síntomas y otra curar la enfermedad. Nadie vota a quien tiene el cuajo de anunciar que sus hijos vivirán peor.

Qué se puede discutir de su tesis

La conclusión de Pérez-Reverte es que los bárbaros ya no vienen del otro lado de la frontera: están dentro. Llevamos décadas repartiendo mecheros y ahora nos escandalizamos de que las calles ardan. El privilegiado quería conservar su mundo, el revolucionario transformarlo, pero el resentido se conformará con verlo arder. No se apacigua con promesas a quien sabe que todas son mentira.

Hay un problema lógico en el argumento que conviene señalar. Explicar el resentimiento no es lo mismo que justificarlo, y el propio autor lo sabe: quien le abre la cabeza a un transeúnte no redacta un manifiesto de justicia social. Pero al situar la causa última en una factoría social difusa, el texto diluye la responsabilidad individual de quien delinque. Es legítimo preguntarse por qué Europa genera rabia; es menos legítimo usar esa pregunta para repartir culpas hacia arriba y hacia los lados, como hace el propio autor cuando dispara contra políticos, medios y ciudadanos ejemplares.

También es discutible la generalización. Los disturbios urbanos tienen causas heterogéneas: algunas veces son protestas políticas reprimidas, otras son saqueos oportunistas, otras son conflictos entre grupos. Reducirlos a una sola explicación, el resentimiento fabricado, simplifica una realidad que el propio texto reconoce compleja cuando describe la escena: policías, jóvenes encapuchados, violencia extrema y políticos oportunistas.

Lo que queda, tras leerlo con atención, es un texto que acierta al señalar la contradicción entre las promesas de éxito y la precariedad real de una generación, y que falla al convertir esa contradicción en una teoría total. La pregunta incómoda que él mismo plantea, por qué Europa fabrica individuos para quienes romper algo es la única forma de existir, merece respuesta. Pero la respuesta no puede ser, como insinúa el artículo, que la culpa es de todos y de nadie a la vez. Si el resentido se conforma con verlo arder, alguien tendrá que apagar el fuego. Y ese alguien no es una factoría abstracta de deseos: es una sociedad concreta con instituciones, presupuestos y decisiones políticas que se pueden votar o no. El artículo de Pérez-Reverte invita a pensar; también invita a desconfiar de quien señala tantos culpables que al final nadie responde.

Datos clave
  • Arturo Pérez-Reverte publicó hace veinticinco años el artículo La mochila y el currículum, sobre un titulado universitario repartiendo fotocopias.
  • La tasa de paro juvenil en España se ha situado en torno al 30% en la última década, según la EPA del INE.
  • El texto distingue entre pobreza y certeza de estafa como explicación de la violencia callejera.
  • Pérez-Reverte sostiene que los disturbios actuales son rebelión sin utopía: no buscan el poder, solo humillarlo.
  • El artículo concluye que los bárbaros ya no vienen de fuera: están dentro, y el resentido se conforma con ver arder.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.
Han , (y hemos), destruido nuestro mundo, ahora de las cenizas nos quieren ofrecer otro.....

La duda es si el nuevo será mejor, o peor....
 
Escritor sobrevalorado que le debe mucho al R78, va de disidente pero siempre ha vivido del R78.
Hace poco escuché una entrevista de un coronel de inteligencia que defiende las mismas ideas que él sobre la inmi gración.
 
Escritor sobrevalorado que le debe mucho al R78, va de disidente pero siempre ha vivido del R78.
Hace poco escuché una entrevista de un coronel de inteligencia que defiende las mismas ideas que él sobre la inmi gración.
Bueno, yo separaría su faceta política de su faceta de escritor. Antes era un afrancesado y ahora un proafricano, pero escribir siempre se le ha dado bien
 
Para enmarcar: "El pasado fue de los privilegiados y luego de los revolucionarios, pero el futuro es de los resentidos".

Hay generaciones que vienen jaleadas incluso por los revolucionarios de salón que las critican pero que, en la intimidad, sueltan ese "cuanto peor, mejor", esperando que arda el mundo que los desprecia, o que ni los toma en cuenta, porque no son un peligro para el Sistema, sino el sector más dócil de los resentidos, al contrario de los que salen a protestar contra el Viejo Régimen. 😀

¡Grande y lúcido como siempre, don Arturo!
 

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