El 'turismo de borregos': pagar 3.000€ por una semana de colas y hamacas en disputa
La paradoja de las vacaciones low cost premium: los hogares españoles ahorran durante meses para permitirse una semana en un resort y, una vez allí, se levantan a las seis de la madrugada para hacer cola en el buffet, corren a colocar la toalla en la hamaca antes de que alguien la ocupe y regresan a casa más estresados que cuando se fueron. No es un capítulo de Aquí no hay quien viva: es el retrato del turismo masificado en la costa mediterránea durante julio y agosto.
Los números de la indignidad vacacional
Un paquete de una semana en hoteles de media pensión en zonas como Salou o Torredembarra –identificadas en las imágenes que circulan– ronda los 2.000-3.000 euros para una familia. Por ese precio, el cliente obtiene derecho a pelearse por una tumbona, a escuchar música ambiental de baja calidad y a compartir espacio con cientos de personas en una piscina abarrotada. Quien critique el producto, dirá que es culpa del consumidor. Pero el dato incómodo es que la oferta mayoritaria en primera línea de playa es exactamente esa: hacinamiento con toallas.
¿Elección racional o gregarismo?
Cabe preguntarse por qué alguien pagaría 2.500 euros por una experiencia que obliga a madrugar y a soportar colas. Una corriente de análisis sostiene que el comportamiento gregario anula la racionalidad individual: la presión social de mostrar vacaciones en Instagram lleva a aceptar condiciones que en solitario se rechazarían. Otra lectura, más pragmática, apunta a que la alternativa –una casa independiente con piscina– está fuera del alcance de la mayoría de las rentas medias. La dicotomía no es entre resort y chalet, sino entre resort low cost o no irse de vacaciones. Y ante esa disyuntiva, la mayoría prefiere lo primero.
El negocio del descontento
Desde el punto de vista del empresario, el modelo es impecable: maximizar la ocupación por metro cuadrado, reducir costes de personal y externalizar el desgaste del cliente en la propia masa.
«El lujo es que cuando yo llego, echan a uno como ellos de su hamaca para ponerme a mí», resumía un comentario, reflejando la jerarquía implícita en la oferta: unos pocos pagan más para que otros sean desplazados. El resto, la mayoría, compite en igualdad de condiciones por un recurso escaso: un trozo de cemento con sombrilla.
¿Hay salida?
Algunos optan por septiembre, cuando baja la presión. Otros señalan que el problema estructural –masificación, precios elevados para lo ofrecido– solo se resuelve si el consumidor deja de validar el modelo. Pero con 44 millones de turistas al año solo en Cataluña, la inercia es abrumadora. La pregunta que queda en el aire: ¿cuánto tiempo más aguantará la clase media pagando 3.000 euros por sentirse parte de un rebaño?