El cine de los 70 a los 90 no era mejor por nostalgia: era otra forma de hacer industria
Un equipo de hockey de tercera, tres hermanos que se dedican a repartir golpes sobre el hielo y un Paul Newman que ya no tiene nada que demostrar. Así arranca «El Castañazo», una película que difícilmente se financiaría hoy con esa mezcla de comedia, violencia y desencanto. Y no es un caso aislado: la época que va de los 70 a los 90 produjo un cine que asumía riesgos que la industria actual evita con la disciplina de un gestor de fondos.
Qué tenían aquellas películas que ya no se fabrican
La discusión recurrente sobre si el cine de antes era mejor suele morir en el terreno de la nostalgia. Pero hay ejemplos concretos que sostienen la tesis de que no se trata solo de memoria. «El apartamento» (1960), de Billy Wilder, sigue citándose como la culminación de su carrera: una comedia agridulce sobre un oficinista que presta su piso a los jefes para sus citas, con Jack Lemmon interpretando al perdedor definitivo. La película combina romanticismo y amargura sin necesidad de un universo compartido.
La tesis de que el cine murió en los 90
Entre quienes discuten sobre estas décadas hay una corriente que va más allá del gusto personal: el arte en general murió en los 90. El argumento sostiene que a partir de ahí todo es «eclecticismo y reciclaje sin alma propia», un síntoma de agotamiento cultural comparable a periodos tardíos como el helenístico o el Egipto tardío: gran dominio técnico pero sin descubrimientos. La afirmación es rotunda, pero no queda sin respuesta. «Pulp Fiction» (1994) se pone como ejemplo de que los 90 también podían inventar un lenguaje propio, con su narrativa no lineal y sus diálogos afilados.
El pesimismo como género: distopías y catástrofes
La época también supo leer el malestar de su tiempo. «Rollerball» describe un mundo donde las corporaciones controlan todo y la violencia se canaliza a través de un deporte brutal; una distopía que hoy se lee casi como un documental. «La aventura del Poseidón» (1972) es considerada por muchos la cumbre del cine catástrofe: un espectáculo donde el reparto coral se enfrenta a un transatlántico volcado. No es casualidad que el género floreciera en plena crisis del petróleo y desconfianza institucional.
El cine europeo que se atrevía a nombrar lo incómodo
Mientras Hollywood consolidaba sus fórmulas, Europa seguía explorando territorios incómodos. «Performance» (1970), con Mick Jagger en mitad de una comuna de artistas, borraba las fronteras entre el crimen y la contracultura. «Nueve horas de terror» (1963) se acercaba al asesinato de Gandhi desde la tensión política y religiosa. Y no hay que olvidar la influencia de la Nouvelle Vague: Jean Seberg, con su corte a lo garçon, se convirtió en el rostro de un cine que quería romper las reglas. En el cine en español, «El verdugo» demuestra que la comedia negra también servía para hablar de la pena de muerte. Incluso se rescata el surrealismo de 1928, con «La concha y el clérigo», como precedente de un cine que nunca aceptó las etiquetas.
El dato que descoloca
Entre todas las curiosidades que circulan sobre esta época, hay una que resume el nivel de exigencia actoral: un intérprete ganó el Oscar con un cameo de ocho minutos, su primera aparición tras un accidente que le desfiguró el rostro. Eso ya no pasa. O quizá pasa, pero en una serie de streaming que nadie recuerda al mes siguiente. Y mientras unos lloran la muerte del cine, otros reivindican que el cine de los 70 a los 90 fue la última gran trinchera de una industria que todavía creía en el riesgo.