Pedro Sánchez, ¿el nuevo Maine? La tesis del pretexto perfecto
El 15 de febrero de 1898, a las 21:40, una explosión en el puerto de La Habana envió al fondo del mar al USS Maine con 252 tripulantes a bordo. Estados Unidos culpó a España y le declaró la guerra. El imperio español perdió Cuba y Puerto Rico. Más de un siglo después, un sector de la geopolítica aplica la misma plantilla al presidente español: no hará falta un sabotaje con pólvora; bastará un giro en el Sáhara, un espionaje y la cesión silenciosa frente a Jovenlandia.
La historia no se repite, pero rima
Hay quien sostiene que el Maine no fue la causa, sino la excusa. Los intereses azucareros y tabacaleros ya habían puesto precio a Cuba antes de la explosión. La prensa sensacionalista de Hearst solo necesitaba la chispa. Con Sánchez, el argumento gana fuerza sin necesidad de «logias» ni de agentes infiltrados: el statu quo actual ya es favorable a Rabat. Subvenciones, cesión en pesca, levantamiento de vallas, el giro unilateral de 180 grados en el Sáhara. Todo se ha hecho en plena luz del día.
El factor Pegasus y la hipótesis del chantaje
El espionaje con Pegasus a miembros del Gobierno no es una especulación: es un hecho. Y la respuesta oficial no puede ser más sospechosa: una comisión de investigación pensada para no encontrar nada. Cuando Rabat filtró que tenía material comprometedor, el Ejecutivo dio un volantazo sin contrapartidas visibles. Al mismo tiempo, se convoca a la embajadora de Italia por el cierre de Schengen, pero no a la de Jovenlandia. Ese desequilibrio solo tiene dos explicaciones posibles: incompetencia extrema o conocimiento de causa. Y la primera ya no cuela.
El paralelismo con el 98 no es perfecto, pero la dirección de los hechos sí que recuerda a un fin de ciclo. La pregunta incómoda es quién decide cuándo llega la explosión. Si el Maine enseñó algo, es que los pretextos se fabrican cuando la guerra ya está decidida. ¿Quién ha decidido ya la de España?