Sánchez culpa a los bulos de que el 18% vea crisis
¿De verdad cree el presidente que la economía va como un cohete y que solo un 18% de españoles se ha dejado engañar? La frase, pronunciada en el contexto de una entrevista en RTVE, ha caído como un jarro de agua fría entre quienes cada día hacen la compra. Sánchez sostiene que España encadena quince trimestres consecutivos de crecimiento y que los bulos han logrado que casi uno de cada cinco ciudadanos piense que hay crisis. El dato, lejos de cerrar el debate, lo ha abierto en canal: si la macro va bien, ¿por qué la percepción popular es la contraria?
Quince trimestres de crecimiento frente a la cesta de la compra
El argumento oficial se apoya en una secuencia que el propio Sánchez repite: quince trimestres consecutivos de crecimiento económico. Es un dato que, en términos de PIB, sitúa a España por delante de muchas economías europeas. Sin embargo, la traducción de ese crecimiento al bolsillo de los ciudadanos es, cuando menos, discutible. Hay quien sostiene que el PIB se ha desacoplado de la economía real: el Estado crece en chiringuitos —como se dice en el argot— y las grandes empresas engordan en bolsa, pero los salarios no acompañan. La inflación, ese fenómeno que algunos califican de bulo, lleva meses royendo el poder adquisitivo. El resultado es una brecha cada vez mayor entre los titulares macroeconómicos y la experiencia cotidiana de pagar la luz, la hipoteca o el alquiler.
El 18% que no se cree el relato
La cifra del 18% ha funcionado como una provocación. Para unos, es la prueba de que el relato oficial no cala; para otros, es un síntoma de que la desinformación campa a sus anchas. Lo cierto es que el porcentaje ha sido contestado desde ambos flancos. Hay quien ironiza con que «solo el 18%» es en sí mismo un bulo, y quien directamente eleva el porcentaje de escépticos por encima del 50%. En el fondo, late una pregunta incómoda: ¿es la percepción de crisis un fenómeno de manipulación o una consecuencia lógica de la pérdida de poder adquisitivo? Los datos que maneja el Gobierno apuntan a lo primero; la Encuesta de Población Activa y los índices de pobreza, a lo segundo. Casi trece millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social, según se ha recordado en el debate, no parecen un caldo de cultivo para el optimismo.
El poder adquisitivo de los jóvenes y la vivienda
Uno de los frentes que más ha caldeado la conversación es el de la juventud. Los datos publicados por
El País —citados en el debate— señalan que el poder adquisitivo de los jóvenes ha caído un 10% y que los alquileres se han disparado un 53%. La tasa de emancipación, lejos de mejorar, se ha reducido. Si a eso se suma que la probabilidad de emanciparse se reduce drásticamente para quienes viven solos, el cuadro resultante es el de una generación que, con un empleo, no puede permitirse independizarse. ¿Es eso una percepción distorsionada o una realidad medible? La respuesta oficial insiste en lo macro; la evidencia micro apunta en dirección contraria.
¿Por qué la economía crece pero la gente no lo nota?
La pregunta que planea sobre todo el asunto es por qué los datos agregados no se traducen en bienestar percibido. Hay varias explicaciones sobre la mesa. La primera es la composición del crecimiento: si el PIB sube por el gasto público, el turismo o la inversión extranjera, pero no por mejoras salariales, el ciudadano medio no lo siente. La segunda es la inflación: aunque los salarios suban nominalmente, la pérdida de poder adquisitivo real puede ser significativa. La tercera es la distribución: el crecimiento puede concentrarse en sectores y regiones concretas, dejando atrás a amplias capas de la población. En el debate se ha apuntado también a la calidad del empleo creado y a la presión fiscal. Ninguna de estas explicaciones es excluyente; todas apuntan a un mismo fenómeno: la desconexión entre los indicadores y la vida cotidiana.
La ley contra los bulos y el control del relato
La mención presidencial a los bulos no es inocente. En el contexto del anuncio de una futura ley contra la desinformación, la frase adquiere un tono que algunos leen como un intento de tutelar el relato. Se argumenta que si el 18% no cree en los datos oficiales, el problema no es la economía, sino la información. Es una lógica que ha sido contestada con dureza: hay quien ve en ella un intento de deslegitimar cualquier crítica a la gestión económica. La pregunta de fondo es quién define qué es un bulo y qué no. Mientras tanto, la realidad sigue ahí, con sus quince trimestres de crecimiento y sus colas del pan.
Al final, la frase de Sánchez quedará como un ejemplo perfecto de cómo un dato puede convertirse en un campo de batalla. Quince trimestres de crecimiento, un 18% de escépticos y una ley contra los bulos en el horizonte. Si la economía va tan bien, no hará falta convencer a nadie.