Las agresiones a aficionados de la selección española en Bilbao reavivan el debate sobre la violencia política
Las agresiones del fin de semana a varios aficionados de la selección española en Bilbao han desatado una tormenta política que trasciende lo deportivo. EH Bildu ha condenado los hechos, pero al mismo tiempo ha reivindicado el derecho de la selección vasca a competir internacionalmente, un gesto que muchos consideran contradictorio. El PP ha cargado contra el dispositivo de la Ertzaintza, calificándolo de «clarísimo error» del Gobierno de Lakua. En el fragor de las acusaciones cruzadas, se ha denunciado que una señora mayor sufrió la rotura del tabique nasal en los incidentes.
El coste económico de la tensión política
Más allá de la pelea partidista, episodios como este tienen un impacto directo en la percepción de seguridad del País Vasco. Una región que ha basado buena parte de su recuperación económica en el turismo y la atracción de inversiones se juega su imagen cada vez que la violencia irrumpe en el espacio público. Los datos de ocupación hotelera y gasto turístico, aunque no disponibles en caliente, suelen resentirse tras brotes de tensión callejera. El mensaje de Bildu –condena pero reivindicación soberanista– no contribuye a despejar las dudas sobre el compromiso real con la no violencia.
El doble rasero en la condena de la violencia
Mientras unos apuntan a Bildu como responsable indirecto por alimentar un clima de confrontación, otros recuerdan que la condena de la violencia no es patrimonio de un solo partido. Se ha señalado que ni PP ni Vox condenaron explícitamente un ataque de Falange en el País Vasco el pasado octubre. La selectividad en la indignación erosiona la credibilidad de todos los actores y deja en evidencia que la violencia se utiliza como arma arrojadiza más que como motivo de condena unánime. El incidente de Bilbao, aunque de menor escala, se convierte así en un síntoma de la polarización que lastra cualquier debate serio sobre convivencia.
Conclusiones abiertas
La agresión a los aficionados españoles en Bilbao no será un punto de inflexión, pero sí una prueba más de que el discurso político sigue atrapado en la confrontación identitaria. Mientras la violencia siga instrumentalizándose, cualquier avance en la normalización del País Vasco –económico o social– encontrará un techo difícil de superar. Y el coste lo pagan, como siempre, los ciudadanos.