Sánchez no acude a su gabinete de crisis y decide solo con Begoña Gómez
El núcleo duro del Gobierno dejó de existir. Pedro Sánchez permanece recluido en La Moncloa desde que el miércoles abandonara precipitadamente el Congreso de los Diputados y no quiso participar en el gabinete de crisis convocado tras anunciar en redes sociales su intención de dimitir, según la información que publicó
THE OBJECTIVE el 26 de abril de 2024 a partir de fuentes del complejo gubernamental. La estampa que deja el episodio es la de un presidente que toma la decisión con una sola persona: su mujer,
Begoña Gómez. Todo lo que sigue sale de fuentes anónimas citadas por ese medio, y esa advertencia conviene no perderla de vista: aquí hay relato, no sentencia.
El gabinete de crisis que se reunió sin él
El encuentro se celebró en el
edificio de Semillas, sede del gabinete de presidencia, y en él participó el núcleo duro al completo: la vicepresidenta primera, María Jesús Montero; el ministro de Presidencia, Félix Bolaños; y el de Transportes, Óscar Puente. El presidente no apareció. «Él está solo y no quiere hablar con nadie», sostienen las fuentes consultadas, que lo describen «aislado» en su residencia oficial, la misma casa en la que lleva cinco años y medio. Cinco años dan para conocer los pasillos. También para saber qué puerta no se abre.
La explicación que se filtra es más personal que política: considera que ni el partido ni el Gobierno han defendido a su mujer. «Han salido a denunciar a los medios que han publicado sus informaciones, pero no han defendido a su mujer», resume una de esas fuentes. Y ahí empieza el problema, porque un presidente que mide el cariño ajeno por lo que cada uno dice de su cónyuge tiene un serio problema de gestión.
La contabilidad del agravio: quién defendió a Begoña Gómez y quién llegó tarde
Según ese relato, el presidente lleva la cuenta. Anota quién no ha salido a defenderla, quién lo hizo de forma tibia y quién apareció demasiado tarde. El argumentario que desplegó la mayoría del partido, empezando por la número dos del Ejecutivo, incorporaba por fin una referencia a su actividad profesional que hasta entonces no se había esgrimido: «Es una profesional independiente, moderna, libre. Se trata de una campaña de acoso y perjuicio en su trayectoria profesional». La guinda: sospecha que alguien de su equipo pudo filtrar información, porque algunos datos publicados, dicen, solo podían salir «de dentro».
Ahí está el núcleo del asunto. Un presidente que desconfía de su propio gabinete no tiene un problema de comunicación; tiene un problema de mando. Y el manual no contempla muchos capítulos para eso.
¿Por qué no irá al Comité Federal del 9 de junio?
Porque no quiere avalar con su presencia el cónclave que aprobará las listas a las
elecciones europeas. Es el órgano que, según las mismas fuentes, se ha fijado para esa fecha en junio, y el secretario general ha decidido plantarlo: «No quiere ir, no quiere saber nada. Está dolido y cabreado y quiere mandar el mensaje de que ahora tiremos solos». Quien fuera derrocado por un Comité Federal en octubre de 2016 sabe perfectamente lo que significa ese escenario, y no es casualidad que sea la primera vez en ocho años que reconoce sentirse solo en el diseño de la estrategia: «Ya no hay núcleo duro. Están desbordados y hay muchísima tensión en Moncloa».
Hay quien traduce ese plantón como presión sobre los díscolos internos; hay quien lo lee como un abandono en toda regla. La diferencia entre ambas lecturas es, literalmente, lo que ocurra el lunes.
Autobuses hacia Ferraz: el sábado como plebiscito interno
Mientras el presidente se encierra, la maquinaria se mueve. La organización fleta
centenares de autobuses desde Andalucía, la Comunidad Valenciana y Castilla y León, y convoca desde las más altas esferas a una movilización masiva de militancia ante la sede de Ferraz. Si la foto del sábado es potente, en el partido confían en que Sánchez escuche el mensaje y lo rentabilice. Si es floja, el mensaje será el contrario.
Y queda la única persona que, según ese relato, puede torcerle la decisión. Ya lo hizo en 2016, tras un «viaje de reflexión» a San Francisco, cuando le convenció para volver a presentarse a unas primarias. Ahora, cuentan, le ha transmitido que «aguante» y siga al frente de La Moncloa.
Las salidas que se barajan y el precedente portugués
El órdago, dicen, «no tiene punto de retorno». Sobre la mesa hay dimisión, cuestión de confianza, convocatoria electoral y remodelación de Gobierno. «Todo es posible, incluso todo a la vez». Si recula sin un anuncio de peso, el diagnóstico que circula es implacable: «Sería un hazmerreír». Se le atribuye la intención de «hacerse un Costa», en referencia al expresidente portugués, y de reivindicar la injusticia de la supuesta campaña contra él antes de soltar el timón. La mayoría de las fuentes consultadas apostaba por que «se va».
El cálculo laboral que nadie quiere hacer
Aterrizado el debate al terreno práctico, en el hilo se planteó la pregunta: esos días de reclusión y de agenda suspendida, ¿cómo se justifican en una nómina pública? En cualquier otro puesto, ausentarse sin baja médica tres jornadas para pensar si se deja el trabajo tendría consecuencias, según ese mismo participante. Aquí la respuesta tardará, y probablemente no llegue. También se señaló en ese mismo hilo la asimetría con el caso de Ayuso, que según un participante lleva años aguantando acusaciones sobre su persona y su familia sin escribir carta pública alguna.
El sábado se sabrá si la calle respalda o si el respaldo se queda en los autobuses fletados. Después quedará el lunes, y una decisión que, según todos los indicios, no ha consultado con Montero, Bolaños ni Puente. Si el patio se llena y él comparece con un anuncio de calado, la jugada habrá salido. Si no, el fin de ciclo que ya verbalizan algunos habrá empezado sin que nadie lo firmara.