El diccionario de la tontería: las palabras que delatan un pensamiento vacío
Corría mediados de 2023 cuando un hilo en un foro de actualidad propuso un ejercicio tan simple como demoledor: enumerar las palabras que, pronunciadas sin autocrítica, delatan una mente cautiva en tópicos y consignas. La lista, que superó el centenar de aportaciones, se convirtió en un termómetro del desgaste social ante el lenguaje de moda.
No es que el debate fuera original —la crítica al lenguaje político y corporativo es tan vieja como la retórica—, pero sí tuvo la virtud de agrupar en un solo sitio los términos que provocan rechazo inmediato en amplios sectores. Y lo hizo con una sistematicidad que merece análisis.
Del 'sostenible' al 'empoderamiento': los grandes clásicos
Si algo quedó claro es que el vocabulario de la llamada agenda progresista es el que más ampollas levanta. Palabras como "sostenible", "resiliencia", "sororidad", "cisgénero" o "micromachismo" aparecieron una y otra vez. No solo por su uso abusivo, sino porque, según los participantes, su empleo suele ir acompañado de una falta de profundidad intelectual: quien las suelta no debate, recita. Un forero lo resumió con ironía: "resiliencia convierte automáticamente al que la esputa en subnormal profundo". La dureza de la expresión es exagerada, pero refleja una percepción real de saturación.
También hubo hueco para la jerga empresarial y las muletillas vacías. "Hoja de ruta", "como no podía ser de otra manera" o "apostamos por" entraron en la lista por su capacidad para sustituir ideas con burocracia verbal. Y, cómo no, el omnipresente "bro" entre mayores de 40, que mereció una mención especial por lo patético que resulta.
La política como fábrica de neolengua
La democracia misma no se salvó: algunos consideraron que pronunciar "democracia" o "justicia" sin el menor asomo de crítica es señal de haber comprado el relato oficial sin pasar por caja. La discusión derivó en un cruce de acusaciones sobre quién adoctrina a menores, con tintes raciales que desviaron el foco original. Un intercambio entre dos usuarios acabó en insultos y parodias fonéticas, demostrando que la línea entre la crítica al lenguaje y el odio es fina.
Pero el núcleo permaneció: hay un catálogo de términos que, para una parte significativa de la población, funcionan como detectores de pensamiento gregario. Desde el "género" hasta el "heteropatriarcado", pasando por el "salario emocional" o la "ecoresiliencia", el repertorio crece cada año.
¿Qué revela esta lista sobre la sociedad?
Al margen de los excesos verbales, el ejercicio tiene un valor sociológico: muestra el hartazgo de quienes sienten que el debate público se ha llenado de eslóganes que cierran el pensamiento en lugar de abrirlo. La obsesión por etiquetarlo todo —"fascista", "facha", "machirulo"— como forma de descalificar sin argumentar genera un contraefecto: que cualquier palabra nueva sea recibida con hostilidad automática.
La pregunta que queda en el aire es si el lenguaje es síntoma o causa de la polarización intelectual. El hilo no lo resuelve, pero al menos ha puesto negro sobre blanco un sentimiento compartido: la sensación de que cuanto más se habla de inclusividad, menos se escucha al otro.