Pacocalipsis en Benidorm: la playa a las 6 de la mañana
A las seis de la mañana, cuando los últimos trasnochadores aún buscan la llave de su apartamento, la playa de Levante de Benidorm ya está bajo control. Una legión de jubilados planta sombrillas con la precisión de un ejército en maniobras. “Formación espartana”, lo llaman; otros recuerdan el Desembarco de Normandía. En menos de una hora, la primera línea está sellada. Es el Pacocalipsis, un ritual que se repite cada verano y que convierte la arena en un tablero de batalla intergeneracional.
No es una exageración: hay madrugadores que llevan media vida haciendo lo mismo. Madrugan porque siempre han madrugado, porque la sombrilla perfecta se la lleva hoy el que ayer llegó antes. Lo que unos llaman “la España que madruga”, otros lo ven como una invasión silenciosa. La disputa no es solo por el sitio: es por el derecho a decidir cómo se usa la playa.
Una rutina de asalto con silbato incluido
Los veteranos del lugar describen escenas que mezclan el humor con la supervivencia. Tras el confinamiento, en algunas playas se llegaron a pintar cuadrantes en la arena y un silbato daba la salida: los bañistas esperaban en el paseo, cargados con sus enseres, y se lanzaban a la carrera cuando sonaba la señal. Una imagen que resume la tensión entre el derecho a elegir sitio y el deber de convivir.
La ironía es que no hace falta tanta épica. A pocos metros, la playa de Poniente está prácticamente vacía durante todo el día. Y en localidades cercanas como Vinaròs, a las diez de la mañana todavía se encuentra primera línea sin despeinarse. La elección de Benidorm y de Levante es deliberada: no se busca solo el baño, se busca el bullicio, el paseo marítimo lleno de vida y la sensación de estar en el centro del mundo. O al menos, del mundo que cabe en una sombrilla.
Dos filosofías para una toalla
Detrás del Pacocalipsis hay dos maneras de entender el ocio. Por un lado, los que ven la playa como un espacio de paz: bajar con la toalla al hombro, darse un baño, leer un libro y marcharse. Para ellos, la ocupación temprana de primera línea es un acto de egoísmo, una apropiación indebida de un bien común. Por otro, los que consideran que madrugar para asegurar el mejor sitio es un derecho ganado a golpe de sacrificio. Esta generación, recuerdan algunos, “ha trabajado mucho y ha levantado el país”; si ahora quiere disfrutar de su jubilación junto al mar, ¿quién le discute el sitio?
Hay quien ve en la sombrilla un símbolo de la brecha generacional: los jubilados fiaron su ocio a derechos adquiridos, mientras los jóvenes los miran con una mezcla de envidia y resentimiento. Pero también hay quien señala que la edad no importa: se puede ser mayor y no acaparar. La culpa, dicen, es de una cultura del “todo incluido” que ha convertido el veraneo en una competición.
El futuro del Pacocalipsis
La demografía es tozuda: la generación que ahora llena las playas a las seis de la mañana se va a reducir en las próximas décadas. Para algunos, el Pacocalipsis es una molestia pasajera; dentro de unos años, la primera línea volverá a estar al alcance de quien duerma hasta las once. Para otros, el problema no tiene fecha: mientras alguien quiera madrugar para no perder el sitio, el conflicto se repetirá.
El verdadero debate no es sobre la arena. Es sobre qué hacemos con el tiempo libre, sobre quién tiene derecho al espacio público y sobre cómo conviven generaciones que entienden el ocio de manera radicalmente distinta.
Y mientras tanto, a las seis de la mañana, un jubilado coloca su sombrilla con la satisfacción del que ha ganado una batalla que nadie más quería librar. El dato que descoloca: el mismo gesto que unos califican de apropiación indebida, otros lo ven como el premio merecido a toda una vida de trabajo. Quizá lo único seguro es que, a esa hora, la playa ya tiene dueños.