Sociedad: Otro asesinato: la historia de los sicarios





A.O. es un italiano afincado en España desde 1998. Nació en Nápoles en la década de los años 60 del siglo pasado. Creció entre algunos tíos, primos y hermanos sicarios. Desde niño escuchó hablar de gloria y pronto se acostumbró a ver pistolas y balas entre los suyos. Él, como marca la tradición en su familia, también se adentró en uno de los oficios más antiguos del mundo: el de cancelar por encargo. Lo conoce como la palma de su mano.


“He asesinado a entre 20 y 30 hombres”, dice A.O, que no concreta la cifra exacta de personas con las que ha acabado. Quiere evitar problemas con la Justicia española, que más de una vez ha tratado de darle caza. “Siempre mato a varones. Los italianos tenemos nuestras propias reglas de honor”, añade en un perfecto castellano.

Tras pasar una larga temporada afincado en la Costa del Sol (Málaga), “donde se reúnen las mafias de medio mundo por el dinero que allí se mueve”, A.O. sigue viviendo en España, aunque no desvela dónde. Tiene mujer e descendientes y necesita permanecer en el anonimato. Es la condición que pone para hablar [ni siquiera se sabe si son ciertas las iniciales que permite añadir].


El reportero se ha citado con él para conocer cómo funciona su mercado y saber su opinión acerca del caso de Pioz (Guadalajara), donde el domingo pasado la Guardia Civil encontró a un matrimonio descuartizado y a sus dos descendientes degollados dentro de bolsas de plástico. El macabro hallazgo se produjo en una urbanización de este pueblo castellano-manchego, donde la familia, de origen brasileño, se había instalado a principios de agosto tras alquilar la vivienda.




“No hay duda”, dice, “son profesionales, eso no lo hace nadie con tanta frialdad y de forma tan efectiva”. A.O. explica que el hecho de que se encargaran de limpiar el lugar del crimen para que no se encuentren huellas, que descuartizaran a los adultos y que dejaran los cuatro cuerpos dentro de bolsas anudadas con bridas evidencia que “son gente que ha hecho esto antes”. “No estamos ante unos principiantes”, apostilla.

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El matrimonio brasileño tenía dos descendientes. El menor de ellos nació en España.
¿Piensa que fue más de uno?, le pregunta el reportero. “Sin duda. Como mínimo, dos. Pero pudieron ser tres”, responde el sicario. ¿Por el modus operandi, de dónde cree que eran? “Brasileños. Vinieron a España y se fueron. Estoy seguro. Los italianos matamos a balazos en la cabeza, mientras que los colombianos matan a lo bruto: con armas, con machetes, haciendo la corbata (sacarle la lengua por la garganta a alguien)... Pero a los sicarios siempre -y repite siempre hasta en tres ocasiones- nos requiere gente de nuestro propio país. Es un mercado que funciona así. Además, en este caso, es evidente que se trata de un asunto de drojas”.


- ¿Por qué sostiene eso?

- Nadie mata por una deuda de unos miles de euros. Nadie. Se le puede dar un susto, sí, pero nada más. Y si se te va de las manos no eres tan limpio y frío como en Pioz.


- Entonces…

- Este tío movía droja, supongo que sustancia ilegal, y se quedó con parte de alguna mercancía. Se instaló en un pequeño pueblo de Guadalajara tratando de pasar desapercibido y manteniéndose medio escondido. Pero debieron de seguirle, estudiar al milímetro la urbanización y actuar cuando la familia entraba al chalet.


A.O. no tiene dudas. Su relato, al menos en la lógica de un sicario, tiene fundamentos creíbles, aunque no exista hasta ahora la menor prueba de lo que afirma. Dice que nadie que pasa por problemas económicos -como el propio entorno de la familia ha reconocido a la prensa- se instala en un chalet de una urbanización de clase media en un pueblo de 3.600 habitantes. “Las cosas no pasan porque sí. Se instalaron allí huyendo de algo”, dice.

- ¿De qué?


- Los brasileños mandan sustancia ilegal a España, eso no es nada nuevo. Probablemente, él hacía de intermediario y se quedó con varios kilos, lo que supone una fortuna. Los dueños de la mercancía encargaron recuperarla fuese como fuese, y mandaron a alguien desde Brasil para hacerlo. Ahora [los forenses piensan que los asesinatos se produjeron hace un mes] deben de haberse vuelto ya a su país.

Le pido a A.O. que cuente cómo es el mundo del sicariato: precios, encargos,.. Aunque es reticente a dar detalles que lo comprometan, explica cómo trabajan en España, donde "se mata barato". A ellos, los italianos, se les suele dar 5.000 euros. “Nos dicen quién es nuestro objetivo, estudiamos cómo acabar con él, le damos dos tiros en la cabeza y nos vamos sin rozar el cuerpo”.

Después habla de las mafias de los países del Este (Rumanía, Bulgaria, Rusia…). “Estos cobran menos, dos o tres mil euros, pero están especializados en torturas”. Arrancan uñas, queman las plantas de los pies, parten brazos o piernas, meten caricia… “Pero si han de cancelar, lo hacen, no tengas dudas de ello”, afirma.

Los colombianos, explica, son los que han implantado el modelo low cost en España. Dice que no les importa cancelar por cancelar. Este napolitano con linaje de sicarios cuenta cómo lo hacen: se les entrega un arma sin vinculación con delitos anteriores y matan a quien sea. “Son baratos. 500 euros. No son metódicos ni cumplen una estrategia previamente pensada. Van, matan y huyen”.
Lo dice con una frialdad que sorprende.

Por último, están los que trabajan para narcotraficantes. Suelen ser los más cotizados. “Limpios, discretos, eficaces… Como en Pioz”. Dice A.O. que ellos se mueven por porcentajes: el 10%. “Se les pide recuperar ‘x’ cantidad de sustancia ilegal, de resina o de otra droja. Si la mercancía vale medio millón de euros, se llevan 50.000 pavos. Si vale uno, 100.000. Es una forma de incentivarlos".

- ¿Cree que, de ser así en el caso de la familia brasileña, recuperaron la droja?

- No lo sé. Lo que creo es que el padre se hizo de rogar. He leído que cancelar primero a los niños y luego a la mujer en su presencia. Eso lo hicieron para que cantara. Pero si lo hizo, daba igual, lo iban a cancelar de todos modos.
 

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