Dos horas de conferencia que acabaron en su pelo
Una catedrática de astrofísica y matemáticas imparte una conferencia de
dos horas. Lo que trasciende no es ni una ecuación: es su pelo, su forma de hablar y, sin rodeos, si alguien se acostaría con ella. La paradoja es tan burda que casi no merece comentario, y sin embargo el patrón se repite con una constancia que ya no parece casual.
Por qué una conferencia de ciencia acaba en juicio sobre el aspecto
La respuesta más repetida no discute la física ni las matemáticas. Se enjuicia
el físico —el de ella, no el de la materia— y se mide el pelo corto contra el largo y los rizos contra la plancha: según ese criterio, una melena descuidada
resta puntos. La edad,
30 años según un comentario, aparece en el mismo párrafo convertida en argumento estético.
De la LOGSE a descartar a una ponente por ser mujer
El guion se completa con la coartada educativa: que si no se expresa bien, que si se formó con la
LOGSE, que si dos horas de charla son demasiado. Y hay quien lo plantea sin disimulo: descarta escuchar a una mujer por el hecho de serlo. Ahí es donde la valoración académica se convierte en otra cosa.
¿Dónde acaba la crítica legítima y empieza el juicio al físico?
Cuestionar la claridad de una exposición es legítimo. Hacerlo desde el género o el aspecto no lo es. El problema salta cuando lo segundo se come a lo primero: la conversación deja de evaluar si la explicación era buena y pasa a evaluar si la ponente resultaba deseable. Eso no es revisión científica. Es otra cosa.
Con ese material, la pregunta incómoda se contesta sola: si esas mismas dos horas las hubiera impartido un colega varón, ¿alguien habría escrito una línea sobre su pelo?