La tortilla de patatas no se discute: se insulta
El plato más democrático de la cocina española se ha convertido en una trinchera. Una imagen de tortilla presumiblemente hecha por una mujer ha generado una decena de comentarios que oscilan entre el desprecio por la higiene y la degradación de la persona que la cocinó. Nada que ver con debate gastronómico alguno; más bien una muestra de quién tiene derecho a opinar sobre la cocina en según qué espacios.
La respuesta más brutal es la que reduce la comida a un objeto de asco, apoyada en estereotipos. Otra, más irónica, se refugia en la técnica: alude a la puntilla de los huevos fritos, si están o no pasados de yema. Entre ambos extremos, poco más. Cualquiera que haya cocinado sabe que una tortilla admite crítica; lo que no admite es que la crítica se convierta en un ejercicio de machismo explícito.
No hay datos objetivos en esta discusión: ni tiempos de cocción, ni proporciones de patata y huevo, ni fuego. Solo descalificación. Y eso ya es un dato. Cuando el argumento desaparece y solo queda la bilis, lo que se está debatiendo no es la comida, sino la autoridad de la mujer sobre la cocina. En un país donde la tortilla es patrimonio cultural, este tipo de reacciones dicen mucho más del que insulta que de la tortilla.
La próxima vez que alguien pregunte por una receta, que sepa que la respuesta puede venir con violencia añadida. No es gastronomía; es un síntoma.