Ceuta, Barajas y el arte de pastorear la indignación
¿Cuántos forasteros hacen falta para que la política migratoria se tome en serio? La pregunta sobrevuela el último episodio de presión migratoria en Ceuta, donde en cuestión de días habrían entrado entre 50.000 y 80.000 personas en una ciudad de unos 80.000 habitantes. El dato por sí solo no explica nada. Hay quien sostiene que el verdadero problema no es Ceuta, sino la incapacidad de ver que la entrada por aeropuertos y la regularización acumulada son un flujo mucho mayor y permanente.
Las cifras que no salen en los telediarios
Según publicaron La Vanguardia y El Mundo en mayo de 2023, España contaba entonces con unos 18 millones de personas entre forasteros y nacionalizados; un tercio de los nacidos en el país serían ya de origen forastero. Estimaciones más recientes que circulan en el análisis elevan la cifra a 20 millones. Con ese panorama, un episodio como el de Ceuta, grave e incuestionable, ocupa titulares durante tres días mientras la política de inmi gración de fondo sigue sin someterse a escrutinio.
La comparación con los aeropuertos se repite como un patrón: cada día llegan a Barajas personas que no generan ninguna imagen de crisis, y la suma anual superaría con creces cualquier salto de valla. El argumento no es solo cuantitativo. Cuando la frontera terrestre se ve desbordada, el ciudadano percibe que el Estado no controla su territorio. Cuando el flujo entra por la puerta de atrás, no hay conflicto visual, no hay portada, no hay conversación pública.
La lógica económica de la inmi gración silenciosa
Bajo la denuncia del pastoreo informativo asoma una lectura económica que pocos verbalizan. La inmi gración masiva y regularizada ayuda a abaratar la mano de obra en sectores como la construcción, la hostelería o el cuidado de personas mayores. Los contratos en zain, los alquileres sin contrato y la economía sumergida dibujan un mercado dual en el que el trabajador nacional compite con precios a la baja y el propietario encuentra inquilino sin papeleos.
Hay quien señala a la clase empresarial como principal beneficiaria de este flujo, y a la clase política como cómplice silenciosa: la inmi gración sostiene márgenes, equilibra las cuentas de la Seguridad Social y, de paso, alimenta un colchón electoral. Nada de eso se discute en los telediarios. El foco se queda en la imagen impactante de la frontera.
La lectura geopolítica de Ceuta
Ceuta también puede leerse como una demostración de fuerza de Jovenlandia en plena crisis bilateral. En ese marco se habla de «guerra híbrida» y de la inacción de la Unión Europea, que lejos de respaldar a España respondió cerrando el espacio Schengen. Si esa lectura es correcta, el pastoreo es doble: la prensa concentra la atención en lo espectacular y los gobiernos aprovechan el foco para no rendir cuentas sobre los acuerdos con Jovenlandia ni sobre el control de las fronteras aéreas.
El final del relato
La ironía es que mientras todos discuten sobre los 80.000, la población acumulada, cotizada o no, censada o no, ya cambió el país. Las cuentas no salen al final del día. El ciudadano que compara datos y da un paseo por su barrio sabe que hay algo que no encaja. Pero seguirá hablando de Ceuta durante una semana. Después llegará otro incendio, otra crisis, otra distracción. Y así, mientras tanto, el rebaño sigue pensando que mira, cuando en realidad le pastorean.