Islandia planta cara a la UE y el euroescepticismo sube de tono
El euroescepticismo ha dejado de ser un fenómeno exclusivo de los británicos. En los debates económicos más vivos del momento, la petición de que la Unión Europea desaparezca se expresa ya sin complejos. El último desencadenante, Islandia, cuyo gobierno parecía dispuesto a relanzar la solicitud de adhesión mientras la opinión pública la rechaza de plano.
El argumentario económico contra Bruselas
Quienes piden la disolución de la UE suelen concentrarse en tres frentes. El primero, la pérdida de soberanía monetaria: la política de tipos del BCE se decide en Fráncfort sin atender a las necesidades periféricas. El segundo, el espacio Schengen y la libre circulación, que algunos ven como una vía para la competencia salarial desleal. El tercero, las pensiones, con el temor a que una eventual reestructuración deje a los Estados sin capacidad para garantizar las prestaciones.
Hay, no obstante, quien defiende el proyecto con un argumento pragmático: la UE funcionaría como una adicción, y el síndrome de abstinencia sería peor que la dependencia. La metáfora, extraída del lenguaje de la política de drogas, ilustra el miedo a la incertidumbre que sigue a cualquier ruptura.
El eco de Islandia en el resto de Europa
El caso islandés alimenta la idea de que existe una alternativa fuera del club. Turquía, por su lado, ya ha dado un giro hacia el neo-otomanismo, y la promesa de adhesión de Ucrania se ve como un espejismo que erosiona la credibilidad de la UE. En este contexto, el pronunciamiento islandés se interpreta como un aviso: el norte de Europa mira hacia fuera y la UE ya no asusta por sus sanciones, sino por su irrelevancia.
A corto plazo, la disolución del club parece improbable. Pero el descontento crece y, si la UE no resuelve su déficit de legitimidad, la próxima crisis no será de deuda, sino de confianza. Quizá entonces el «que desaparezca» deje de ser un exabrupto para convertirse en programa político.