El cuerpo de Pepa Romero, escrutado hasta el insulto digital
Cualquier mujer con una mínima exposición pública sabe que su cuerpo será juzgado. La gallega Pepa Romero no necesitaba buscarlo: le bastó una fotografía para que una conversación de apenas 16 intervenciones se convirtiera en el catálogo completo de la misoginia digital.
El patrón del anonimato
En la mayoría de los mensajes, la mujer es reducida a sus atributos físicos, con una crudeza que va del desprecio a la especulación sexual explícita. No hay argumentos ni matices: solo el cuerpo, troceado en comentarios que mezclan animalidad y sordidez.
Lo interesante no es la agresividad, sino la grieta. Una sola intervención se sale del guion para señalar que casi todo el contenido de quien abrió la discusión consiste en comentar cuerpos ajenos y difundir cotilleos, y lo despacha como pura vacuidad. Esa autocrítica, en minoría, demuestra que la dinámica no es natural: es el resultado de un anonimato que no cuesta nada.
El caso Pepa Romero no es la excepción, sino la norma comprimida. En 16 mensajes se condensa lo que en otros entornos tarda días en aflorar: la reducción de la mujer a un objeto de puntuación, sin consecuencias para quien la emite.
Mientras el anonimato siga siendo gratis y la empatía un bien escaso, cualquier foto servirá de excusa para el mismo espectáculo. La única certeza es que, como aquí, siempre aparecerá al menos una voz que recuerde que al otro lado de la pantalla hay una persona.