Lo que la nostalgia de los 80 no cuenta: heroína y cero cascos
Cuarenta años separan dos países que comparten nombre y bandera. Un relato muy extendido sostiene que la España de los 80 y buena parte de los 90 era más libre y más humana que la actual. La réplica llega en forma de lista incómoda: heroína en los parques, jeringuillas junto a los columpios, cero cascos y cero cinturones en la carretera, dos canales de televisión y el bar como principal alternativa de ocio. La discusión no va de romanticismo. Va de qué se mide y qué se deja fuera de la medición.
Heroína, jeringuillas y columpios: la letra pequeña de los 80
El primer punto del retrato es la droga. Se sostiene que la juventud de entonces era menos sana y mucho más consumidora, y que la célebre ruta del bakalao consistía en jornadas enteras de fiesta, alcohol y estupefacientes, con una música que, se dice, solo se aguantaba con el cuerpo ya cargado. El paisaje cotidiano incluía adictos a la heroína deambulando por parques y bancos con
40 kilos de peso y una jeringuilla en el antebrazo. Las jeringuillas estaban por el suelo. Cualquiera que fuera niño entonces recuerda el aviso de los padres sobre los columpios.
Hay un matiz cronológico que conviene no saltarse:
los 80 no son los 90. La corrección más afilada señala que en los 90 los heroinómanos de los 70 ya habían muerto casi todos, de modo que mezclar ambas décadas en un solo bloque falsea la foto. También hay contraargumento en el otro sentido: se sostiene que la oferta de drogas actual es mayor y que más gente las ha probado, aunque menos personas arruinen su vida con ellas.
Y existe el reverso individual:
un veterano de la ruta del bakalao, con 50 años, asegura que salió bien librado, con un trabajo estable, casas y coches pagados, comprados a finales de los 90 y principios de los 2000 a precio razonable. Un caso no hace una serie.
La carretera era una purga cada fin de semana
Segundo punto: los accidentes. Sin casco, sin cinturón y con alcohol en el cuerpo, cada fin de semana dejaba una cifra de muertos que hoy resulta difícil de imaginar. La descripción que circula habla de una auténtica carnicería, con una probabilidad altísima de tener un amigo o un familiar fallecido en accidente de moto. La siniestralidad no ha desaparecido, pero se argumenta que los volúmenes no admiten comparación. El testimonio más duro es el de quien, siendo niño, perdió a un compañero de colegio que una noche de juerga se subió alcoholizado a un andamio y cayó.
Dos canales, el bar y el periódico: aquel ocio
Tercer punto: el entretenimiento. Dos canales de televisión, periódico y bar. De ahí, se argumenta, la centralidad del alcohol como actividad social: sin oferta de ocio, la única salida era beber en grupo. El contraataque es directo: quien vivió en Barcelona en los 90 describe una agenda amplísima de actividades públicas y privadas, hasta el punto de que el problema era elegir. También se recuerda que existían discos, cines y películas, y que quedar con los amigos era un plan suficiente. La televisión de pago con cientos de canales y las plataformas de vídeo llegaron después.
¿Dónde gana la nostalgia? En la vivienda y el sueldo
Aquí el relato moderno se agrieta. Se sostiene que antes un sueldo bastaba para
pagar una vivienda en diez años y estrenar coche, mientras que la emancipación se ha vuelto casi imposible, también de alquiler. Aparece además la comparación laboral: la juventud que no estudiaba entraba en la mili o se ponía a trabajar con un familiar, sin contrato y sin cotizar, lo que explica jubilaciones incompletas; enfrente, se describe a chavales de
18 a 25 años encadenando ciclos formativos sin oficio claro. La respuesta desde el otro lado es que los empleos disponibles se han precarizado y que a esas edades se estudia porque el trabajo que hay no permite vivir.
Libertad, normas y humo: el argumento que más se repite
Se argumenta que antes había mucha más libertad y que la lista de prohibiciones actuales crece cada temporada. En contra pesa una objeción simple: parte de aquella libertad era ausencia de regulación, y no toda ausencia de regulación es buena. El humo del tabaco es el ejemplo que más se repite, porque el fumador pasivo no elegía: se fumaba en el instituto, en la consulta del médico y en el cine, y salir a cenar o de fiesta significaba volver con la ropa impregnada. En el otro platillo, la vida saludable ha dejado de ser rareza: los gimnasios, antes territorio de cuatro excéntricos, son hoy un hábito normalizado, igual que comer mejor o hacer deporte.
Hay además una línea que atribuye la inseguridad actual a la inmigración; se plantea sin datos que la respalden y aquí se recoge solo como postura expresada, no como hecho.
El desacuerdo no se cierra porque cada bando elige el marcador que le conviene: quien mira la acera de 1985 ve jeringuillas; quien mira la nómina actual ve un alquiler que se come media vida. Faltan series que midan lo mismo en los dos lados, y nadie las ha traído a la mesa.