¿Defender Ceuta y Melilla? La desconfianza gana la batalla al patriotismo
¿Cogería usted las armas si Marruecos cruzara la frontera de Ceuta, Melilla o las Canarias? La pregunta se lanzó hace 24 días y acumula 91 respuestas en las que el patriotismo español se estrella contra la desconfianza institucional. La primera línea de combate, para una mayoría, no está en el Estrecho sino en la relación del ciudadano con su Estado.
El enemigo no está en Marruecos
Lo que emerge de la conversación es una desafección política tan profunda que convierte la defensa nacional en una causa sin sujeto. “Las armas, ¿contra quién?” es la pregunta que resume el estado de ánimo. Un sector sostiene que el enemigo está en Ferraz, la sede del partido gobernante; otro recuerda que “primero habría que defender España de los que han regalado Ceuta, Melilla y otras cosas”. La corrupción, las mascarillas, los indultos y la gestión económica salpican cada argumento. El resultado es que muchos no distinguen entre una invasión exterior y la ocupación del contrato social.
La ecuación económica del soldado
Detrás de la negativa hay un cálculo de rentabilidad: “mis impuestos pagan la nómina de 3 a 5 soldados; soy más útil trabajando”. Otro análisis va más lejos: “¿para qué pago impuestos para mantener unas fuerzas armadas?”. En medio asoma la reivindicación de vivienda: quien pregunta si al terminar la guerra tendría derecho a una vivienda en propiedad. El coste de oportunidad de empuñar un fusil se mide en salario, vivienda y seguridad jurídica. Y todo eso, se argumenta, el Estado ya lo ha confiscado con impuestos y ocupaciones.
El patriotismo condicional
Quedan los que irían a la guerra, pero con matices. Hay quien asegura que lucharía “por mi patria, por Dios, por mi gente”, y añade que no movería un dedo si la llamada viene de este Gobierno. Otros condicionan su apoyo a una invasión rusa, y entonces el objetivo no sería defender el territorio sino “volar el Congreso”. La fantasía geopolítica más elaborada propone arrasar Marruecos y repartírselo con Argelia, el Frente Polisario y Mauritania. Todo un ejercicio de realismo mágico aplicado a las relaciones internacionales.
Entre la entrega incondicional y la negativa absoluta, lo que queda es un ejército de reservistas morales que no saben contra quién luchar. Quizá el problema no sea si Marruecos invade, sino quién ha ocupado antes el contrato social. Con estos mimbres, lo sorprendente no es que nadie quiera coger las armas; es que aún haya quien pregunte.