¡Ay, que calor!, el concurso de 1991
En 1991, a las diez de la noche, Telecinco ponía en antena un concurso instalado en un barco: capitán, copresentadora y un cuerpo de azafatas de por medio. Se llamaba ¡Ay, que calor! y lo presentaban Luis Cantero y Eva Pedraza, a la que un forero recuerda a sus 56 años. La mecánica no tenía doble fondo: los concursantes respondían preguntas y, según acertaran o fallaran, quien se quedaba sin ropa era una parte u otra del plató. El formato vuelve ahora a la conversación por lo que retrata: una televisión generalista que ya no existe.
El original italiano, más descarado
El original era italiano, de 1990, y sensiblemente más descarado que la copia española: las llamadas chicas chin chin lucían cubrepezones con borlas. Hay quien sostiene que Telecinco pertenecía entonces a Silvio Berlusconi, de modo que, según esa versión, la parrilla española funcionaba como vaso comunicante con los formatos que ya funcionaban en la televisión del empresario italiano. Lo que se veía aquí sería la versión domesticada de un producto pensado para otro umbral de pudor.
Hay quien recuerda que se veía a escondidas: algunos de los que lo consumían eran menores de edad y lo hacían —así se cuenta— con nocturnidad y cierta premeditación, sabiendo que no era un programa del que presumir en el colegio. El contraste con la parrilla actual, donde ese mismo contenido sería impensable en horario nocturno de una cadena generalista, es el material del que está hecha la nostalgia.
Premios en «eurofichas», según un recuerdo del foro
El detalle involuntario más llamativo del programa era, según un participante, su moneda: los premios se entregaban en «eurofichas», una unidad que, según ese recuerdo, el programa no se molestaba en explicar y que adelantaba por nombre la moneda única europea años antes de que se llamara así. Un ejercicio de anticipación involuntaria que hoy se lee como pura arqueología.
El resto del recuerdo es de utilería: azafatas de curvas sin tatuajes y sonrisas permanentes, cartón piedra y un casting del que nadie quiere acordarse. La siguiente parada que se propone en este repaso es Un día es un día, de Ángel Casas, en La 1. Y ahí el análisis se atasca: no hay manera limpia de medir cuánto de aquello era televisión y cuánto era simple mercancía con fecha de caducidad.
Datos y contexto proceden de la discusión abierta sobre el programa.