El teletrabajo deja de ser refugio: comprar en Madrid se vuelve obligación
El 100% de teletrabajo era el nuevo chollo de la economía española: vivías en un pueblo barato, cobrabas sueldo de Madrid y te reías de la ciudad. Hasta que el cliente decide prescindir de ti. Entonces la empresa subcontratada saca la cláusula de los 15 días, te planta en Las Rozas y descubres que tu libertad geográfica era un caramelo prestado. El caso de un técnico informático que ha visto cómo su compañero pasaba del 'home office' total a la oficina en Las Rozas en un mes ha reabierto un debate incómodo: si tu empleo depende de un cliente, tu teletrabajo no es tuyo.
El problema no es solo perder el teletrabajo. Es lo que viene después: si decides irte a vivir a un pueblo de Toledo o de la España vaciada para ahorrarte la vivienda, y el proyecto se cae, te quedas sin curro y con una casa que no puedes vender. O te obligan a volver a Madrid en dos semanas si estás empadronado fuera de la comunidad, según el contrato que se cita en la discusión. La única salida que ve el protagonista es comprar un piso en Madrid, aunque el momento sea el peor: otro participante lo compara con 'entrar en Bitcoin a 100.000 pavos'.
La letra pequeña del teletrabajo: 15 días de aviso y a la oficina
Los acuerdos de teletrabajo no son una declaración de amor, son un contrato. Y en la letra pequeña figura que si el cliente o el proyecto lo requiere, te avisan con 15 días y te presentas donde digan. Una empresa que ha suprimido oficinas y ha colocado a todo el mundo en remoto no tiene dónde meterte, pero eso no la salva: si tienes que ir a Las Rozas, irás. El caso del compañero es ilustrativo: un mes sin proyecto, y a la oficina central a ver qué te asignan. Mientras tanto, en Madrid, los que confiaron en el confinamiento y el teletrabajo están comiéndose 200 kilómetros diarios de ida y vuelta.
Los que defienden el teletrabajo como irreversible se agarran a un dato: hay empresas que se han deshecho de una tacada de un montonazo de alquileres de oficinas y no tendrían dónde meter a sus curritos si quisieran volver atrás. El ahorro de pasta es real. Pero la otra corriente es más cruda: no hay sindicatos de teletrabajo ni nada que se le parezca. Y a medida que la inteligencia artificial madure, muchos remotos descubrirán que eran la parte prescindible de la plantilla. Si te piden ir a la oficina, dice ese análisis, alégrate: significa que siguen contando contigo.
El transporte: la otra pata que cojea
Comprar en Madrid no es solo cuestión de precio. Quienes miran hacia el sur o hacia los pueblos de Toledo se topan con el cercanías, que se ha convertido en el cuello de botella de la región. Hay un proyecto de ampliación del metro, la línea 11, que dibuja un gran semicírculo para conectar el sur con el norte, donde están la mayoría de las oficinas. Pero por el camino, Cercanías sigue siendo un pozo: hay una lectura política, un gobierno central que no quiere soltar la inversión en Madrid, y hay otra más prosaica: el metro y el cercanías no se amplían para que la gente llegue al trabajo, sino para que los turistas lleguen al centro a hacerse fotos. Así que el atasco, la jornada maratoniana de desplazamiento y el precio de la vivienda forman el cóctel perfecto que mantiene a Madrid como una ciudad cara pero, a la vez, imposible de abandonar del todo.
La comparación con París es inevitable y dolorosa: allí están con un plan enorme de metro y RER que conecta periferia con periferia, porque las oficinas se han descentralizado. Madrid, en cambio, que tuvo un impulso grande a comienzos de siglo, está casi parada. El resultado es que los municipios dormitorio que podrían aliviar el precio de la vivienda crecen si tienen un transporte digno, y en Madrid no lo tienen.
Comprar en el peor momento: ¿alquilar o hipotecarse?
A la pregunta de si es el momento de comprar, la respuesta más escuchada no es la más optimista: si no te sobra el dinero, alquila, que en un sitio nuevo no sabes lo que te espera. Pero el que ha vivido la experiencia del compañero subcontratado lo tiene claro: alquilar es quemar dinero sin construir un ancla. Si tienes familia, hijos y un 'zipotecón', como dice el protagonista, el piso en propiedad es la red de seguridad que te permite aguantar un cambio de proyecto sin que te echen de tu casa. El que no tiene familia, en cambio, se plantea el mismo dilema con menos red: si me quitan el proyecto, ¿qué hago con la hipoteca?
Hay, por supuesto, quien sostiene que el problema no es de vivienda sino de contrato: si el contrato está bien hecho, todo está atado y no hay sorpresas. La evidencia empírica que circula es que la mayoría de los contratos de teletrabajo no están bien hechos, y que los técnicos que de verdad valen, si les aprietan con la vuelta a la oficina, se largan. El resto, la carne de cañón de la subcontratación, depende de la suerte: haber entrado en el lugar correcto en el momento correcto, como el currito de la fábrica que asciende de cero. En un mundo de remeros que confunden su suerte con su valía, el espejismo del teletrabajo 100% se desvanece cuando el cliente dice 'mañana vienen todos'.
Y mientras tanto, en el centro de Madrid los turistas se hacen fotos en la plaza mayor y en Las Rozas hay un técnico informático esperando que le asignen un proyecto.